Ilegal y antidemocrático


Es de traca. El mayor ataque a la legalidad, a la soberanía del país incluso, a la democracia, en suma, solo merece una llamada telefónica entre los principales líderes políticos. Así está España. Sus dirigentes son incapaces de unirse siquiera para visualizar su rechazo al desafío secesionista. La alergia mutua roza ya lo patológico. Un estado especialmente peligroso cuando se trata de hacer frente a la mayor agresión a las instituciones del país desde el 23F. No es necesario sobreactuar ni responder de una manera desproporcionada, porque hay medios suficientes para impedir que el golpe se consume. Pero no basta con defender la legalidad, conviene también ganar la batalla de las ideas. Y en este contexto sería muy necesario que los ciudadanos vieran un frente unido de todos los partidos en defensa de un principio democrático fundamental: que fuera de la Constitución no hay nada, que al margen de la Constitución todo es ilegal, que contra la Constitución solo hay golpismo.

Porque los principios que subyacen al texto aprobado ayer por los secesionistas en el Parlamento catalán, absolutamente ilegal, son esencialmente antidemocráticos. Conviene no dejarse engañar por una retórica que solo pretende mixtificar la realidad para ocultar la actitud golpista de sus promotores. El Parlamento catalán no puede aprobar aquello que no le compete, así que lo supuestamente aprobado no tiene validez alguna. Es solo una declaración de quienes la apoyaron y con la que solo muestran su desacato al Constitucional. Suficientemente grave, y el tribunal decidirá qué hacer, pero nada más.

Cosa distinta son los ropajes con los que pretenden disfrazar su provocación. No es cierto que el pueblo catalán tenga legitimidad alguna para iniciar un proceso constituyente y la idea de un mecanismo unilateral de ejercicio democrático es una aporía. Porque nada es legítimo fuera de la ley, única expresión admisible de la voluntad popular. Los derechos naturales o preexistentes a la norma son propios de regímenes teocráticos o totalitarios. La ley puede ser cambiada, incluso se le puede dar la vuelta como un calcetín, pero siempre según sus propias reglas. Todo lo demás son atajos inaceptables.

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