A la deriva: el miedo como chaleco salvavidas


Después del caos mediático posterior al resultado del referéndum británico sobre su no permanencia en la Unión Europea, la interrogante inmediata ha sido, es, y muy probablemente durante los siguientes meses sea: ¿y ahora qué pasará? Sí, cuál será el futuro de esta nueva generación de jóvenes que no podrá establecerse libremente en otros países del viejo continente, que no participará en el programa Erasmus, y que perderá, en incontables rubros, un lazo de comunión con el resto de pueblos que han ido apostado desde la firma del Tratado de París, en 1951, la recomposición de un continente que durante siglos se había fraccionado constante y bucólicamente. Pero, en todo caso, lo importante ya no es cuestionarse sobre el ¿qué? sino el ¿cómo? y el ¿cuándo?  ¿Cuáles serán los términos de negociación para la salida del Reino Unido?, ¿cuándo se dará por concluido el proceso de separación entre el estado británico y las instituciones europeas?, y por último, ¿cuáles serán los efectos sociales, económicos y políticos que este aparente naufragio institucional tendrá en otros puntos de la ahora frágil Europa?

La indignación y desencanto por ese resultado no tardó en rebasar los límites geopolíticos de los territorios de Isabel II, sobre todo porque se estima que el voto fuerte a favor de la postura extremista de Niegel Farge (quien, por cierto, renunció a su cargo al frente de su partido, UKIP, quince días después del referéndum) se encontraba nutrido de personas mayores e inmigrantes establecidos hace varias décadas, y no por gente joven ávida de oportunidades y de ampliar sus horizontes culturales (por no mencionar en primera instancia los laborales). Pasado frente a futuro. Otro de los argumentos, que día con día se convierte en un lugar común, es que «los jubilados le truncaron el futuro a quienes apenas están comenzando». Pero si se abre el plano reflexivo más allá de la situación interna en Gran Bretaña, merece la pena contemplar cuáles son las visiones y opiniones sobre este fenómeno en aquellas personas que constantemente abandonan sus hogares en Siria, Ecuador, Rumanía, Polonia, Eritrea, Kenia, Nigeria, Argentina, Brasil, Bulgaria, por mencionar algunos cuantos. ¿Qué respondería un camarero ecuatoriano, que ha obtenido recientemente la nacionalidad española después de un lustro de trabajar a más de diez mil kilómetros de casa, sobre la soberbia con la que el -británico promedio- rechaza ser parte de la Unión Europea?, o cuál sería la opinión de un albañil polaco, quien a pesar de la campaña antiinmigración del 2013, fomentada por los «eurófobos» y UKIP (partido euroescéptico), «No vengáis a Gran Bretaña: llueve mucho y pagamos poco», ha apostado todo por ganarse el pan y enviar dinero a su familia en Polonia reformando pisos en barrios londinenses como Keningston y Chelsea (actualmente el polaco es la segunda lengua más hablada en Inglaterra). Hace poco más de cinco años comenzó la guerra civil en Siria, y desde entonces, médicos, abogados, comerciantes, académicos, intelectuales, y el resto de la población civil se ha visto en la necesidad de abandonar todo, literalmente todo, para pisar el suelo protegido por la Unión Europea. Muchos de ellos han alcanzado su destino, pero otros se han enfrentado a condiciones infrahumanas tanto en el trayecto desde casa hasta la soñada Europa, como en los campos de refugiados (en donde carecen muchas veces de alimentos, medicinas, derechos y condiciones sanitarias mínimas). El caso de Aylan conmovió al mundo, pero lejos está de ser el único. A pesar de contar con un prestigio bélico importante y ancestral, el pueblo británico hace tiempo que no padece los infortunios de una guerra, de la hambruna y la devastación que de ella se desprenden, tal vez sea por eso que no tienen muy presentes ya las palabras de Sir Winston Churchill cuando advirtió, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, que vendrían tiempos durísimos, por lo que exhortaba a la población a sembrar patatas en macetas para poder así llevar algo al estómago y resistir a los estragos de aquel contexto bélico.

John Carlin, el reconocido periodista inglés, escritor y crítico de fútbol, no ha dado tregua en su expreso repudio ante el reciente cambio político en el Reino Unido. La dureza en sus sentencias tampoco ha dejado lugar a dudas del retroceso (histórico, político, económico y social) que esto significa para el pueblo británico. Precisamente él, quien ha sido merecedor de distinciones periodísticas, como el premio Ortega y Gasset por un artículo sobre inmigración en España publicado en el año 2000, es quien férreamente ha criticado los argumentos de Farage, Johnson y la cúpula extremista de UKIP y del Partido Conservador, sobre la separación de la Unión Europea gracias al colapso de los servicios de la seguridad social por la sobrepoblación de inmigrantes. «Si gana el Brexit sentiré vergüenza de haber nacido en Inglaterra», sentenció pocos días antes del referéndum, e incluso declaró que no descartaría la opción de pedir la nacionalidad española (por ser hijo de madre nacida en España), o escocesa (por vía paterna). Se estima que el proceso de desconexión institucional de Reino Unido de la Unión Europea tardará entre dos y siete años (incluyendo las prórrogas), así que por el momento (desde el marco de las instituciones) todo sigue igual. Pero, a partir de este evento, ¿cuántas personas más renegarán de su pasaporte británico y solicitarán otra nacionalidad europea (la cual les permita seguir gozando de los beneficios comerciales, fiscales, de tránsito, laborales y de libre establecimiento en el espacio de Shengen)? No es extraño que aquellos británicos con una conciencia y visión más cosmopolita (por lo tanto, de mayor acercamiento a Europa) se encuentren absolutamente decepcionados de que el mando político del estado lo tome esa Inglaterra hooligan, como así la define Carlin. El periodista y escritor ha comparado en diversos artículos, publicados en el diario El País, la mentalidad de los votantes a favor del Brexit con la de los hinchas de la selección inglesa de fútbol. Al respecto ha dicho que ese electorado, al igual que los hooligans «ofrecen una caricatura grotesca de cómo más de la mitad de sus compatriotas, por lo demás gente seguramente perfectamente respetable que quiere a sus mascotas y disfruta tomando el té, se relacionan con el resto del mundo», «Los conozco. Como periodista los he observado de cerca en cuatro continentes. Su actividad más reciente durante la Eurocopa en Francia ha seguido los patrones habituales. Se congregan en el centro de una ciudad y se emborrachan, el deporte nacional inglés por encima del fútbol. Se quitan sus camisetas blancas con la cruz roja de San Jorge, gritan obscenidades sobre las selecciones rivales y se ponen a cantar Britannia rules the waves, Britania domina las olas, una alusión al glorioso pasado imperial de los súbditos de su majestad. No cantan bien, como los irlandeses, pero sí en tono agresivo y desafiante. A ver, ¿alguien va a cuestionar que nos comportemos como nos dé la santa gana en este país de mierda? ¿Alguien duda que somos la gente elegida, la raza dominante del mundo?». Finalmente, remata con otra comparación, aún más dura, pero no por ello menos acertada, en donde al efecto del populismo barato de Farage (a quien, por cierto, tilda de borracho) lo equipara con el de la cerveza en los hooligans, es decir: «les idiotizó, les envalentonó y les sacó lo peor de sí».

Siguiendo la misma línea, sobre lo que consideró una abismal estupidez, el actor austriaco-alemán, Christoph Waltz, tampoco tuvo reparo alguno en hacer fuertes declaraciones sobre la dimisión de Farage como líder de su partido, UKIP. A éste lo comparó con una rata (específicamente se refirió a él como «head rat» o «rata líder»), la cual abandona el barco mientras se está hundiendo, en una entrevista para Sky News. Waltz, uno de los actores predilectos de Quentin Tarantino, no escatimó en detalle sobre esta actitud, ya que especificó que lo más despreciable del señor Farage fue apartarse de la responsabilidad política, una vez conseguida la meta por la que había presionado tanto desde hacía tiempo. «Es inevitable, ¿sabes? Intentaron disfrazar esto como una salida heroica, pero no lo es. No han hecho más que conceder la derrota», y añadió que no es otra cosa que meter la cola entre las patas, como lo hacen las ratas y dejar todo hecho un desastre para que otros se hagan cargo de ello, mientras que ahora se pueden dedican a otros negocios más rentables.

Definitivamente el comparativo de Waltz, entre las ratas y el barco, tiene una connotación peyorativa, pero puede que el abandono de un proyecto en franca decadencia e involución no siempre sea sinónimo de cobardía o falta de compromiso. ¿Cuáles serán los efectos próximos ante este viraje tan radical en la conciencia de unión entre los pueblos de Europa? A principios del 2002, después del corralito argentino, los consulados de Italia, España, Alemania y Francia (entre otros) se abarrotaron de tanos, gallegos y rusos quienes, rebuscando en su árbol genealógico, rastreaban cualquier nexo con la Europa pujante de aquel entonces, la cual les permitiera obtener un pasaporte como salvavidas (como bien titulaba un reportaje de El País en el 2005 sobre la cantidad de bonaerenses que, aunque hubieran permanecido como residentes en Argentina, habían conseguido una segunda nacionalidad para huir del país ante cualquier turbulencia económica futura). La diversidad cultural en Inglaterra, especialmente en ciudades como Londres o Brighton, es ícono de lo que toda ciudad cosmopolita y multicultural aspira. Matrimonios y uniones civiles entre británicos y ciudadanos de otros países europeos (Polonia, Italia, España, Francia, en su mayoría) abundan, por lo que no será difícil imaginar en años venideros a súbditos de la reina formados en filas afuera de consulados europeos con la solicitud para seguir apostando por el lema de la UE: «unida en la diversidad».

Por otra parte, Andreas Huyssen, en el 2002, con una postura académica crítica y cuestionadora sobre las reacciones del posmodernismo, dejó claro que desde los años ochenta la sociedad occidental había experimentado un vuelco histórico hacia el pasado en vez de privilegiar el futuro. En pocas palabras: otra forma de justificar lo que denominó como memorialismo y la obsesión a erguir monumentos de tiempos pasados. La «búsqueda del futuro perdido» es como tituló ese artículo, en el que también destaca y rescata mucho del discurso de Maurice Halbwachs y Pierre Nora sobre el pánico ancestral al olvido. Y parece que el pueblo británico, exhibiendo las consecuencias de estos veintiséis años tan posmodernos, le ha dado la razón a Huyssen, es decir: ha preferido apostar a que «todo tiempo pasado fue mejor», desprendiéndose así de todo anhelo futuro. Pero el detalle que olvidaron tal vez los británicos que apostaron por abandonar a la Unión Europea es que esta obsesiva apuesta por aferrarse al pasado fue, en gran medida, impulsada por el rescate de la memoria y la musealización global del Holocausto. Así es, los mismos argumentos que utilizaron los responsables de uno de los genocidios más grandes, y de una de las vergüenzas humanitarias más graves, son los mismos que utilizaron los votantes a favor del Brexit.

Parece ser que el posmodernismo se encuentra agónico por no haber podido resolver las angustiantes incógnitas que a finales del siglo pasado le dieron vida: ¿quién soy/somos?, ¿de dónde vengo/venimos?, y ¿hacia dónde voy/vamos? Y parece ser que la solución a esta intriga histórica está siendo escudarse en el miedo colectivo para que éste justifique una «autoprotección» ante cualquier cantidad de «amenazas externas». Europa ya lo está padeciendo, tanto con la salida de Reino Unido como con el miedo del eco que este hecho pueda hacer en focos separatistas o localistas en el resto del continente. Pero el fenómeno en cuestión no es exclusivo del viejo continente, en Estados Unidos el Partido Republicano también intenta jugar las mismas cartas que los jubilados británicos. Se avecinan tiempos en donde, independientemente de los resultados electorales estadounidenses, estaremos escuchando conceptos que parecían debilitarse como «xenofobia», «anti-inmigración», «nacionalismo extremo». Desgraciadamente, hoy en día, políticos de naciones como Inglaterra o Estados Unidos siguen creyendo (mas no pensando) que «¡Hitler tenía razón!» (así tituló John Carlin un artículo sobre la expresa y abierta postura xenófoba de Niegel Farage desde su infancia, cuando susurraba al oído a los niños judíos, «¡Hitler tenía razón!» o «¡A la cámara de gas!»). ¿Estaremos, como sociedad global, desahuciados en un naufragio de conciencia colectiva, y en donde no nos queda más que sujetarnos al miedo y la cerrazón para seguir a flote?

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