¿Debe renunciar Rajoy para que haya investidura?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

03 ago 2016 . Actualizado a las 08:12 h.

El dicho según el cual «si uno no quiere dos no se pelean» es completamente falso, salvo si se le añade el corolario de que «el que no quiere pelear está dispuesto a dejarse golpear». La cosa cambia, sin embargo, si se trata de negociar y no de pelear: aquí es obvio que el acuerdo entre dos o más resulta una quimera si uno o más negociadores lo rechazan o ponen condiciones imposibles. Aunque el sectarismo político imperante ha convertido en un prejuicio popular la tesis de que la incapacidad de PP, PSOE y C’s para pactar la investidura de Rajoy y evitar el escándalo de unas terceras elecciones es solo culpa del presidente en funciones -vago, indolente, intransigente y mequetrefe, según esa visión- basta la observación desapasionada de los hechos para constatar que tal tesis constituye una patraña.

Sánchez repite desde diciembre que no negociará con Rajoy y que «no es no». Rivera, por su parte, ha puesto como condición para cambiar de la abstención al voto favorable la renuncia de Rajoy. La locura de ese doble veto a cualquier negociación digna de tal nombre se completa con una trampa de tahúr: el PSOE no se abstendrá jamás si el PP no logra el voto a favor de C’s.

¿Se puede negociar en esas condiciones? En absoluto, salvo que el PP acepte el chantaje de la salida de Rajoy, lo que supuestamente daría lugar al voto favorable de C’s, lo que supuestamente facilitaría la abstención del PSOE y abriría, supuestamente, la puerta a la designación de un candidato del PP. La clave, pues, al parecer, es que Rajoy se inmole ante el altar del orgullo herido de Sánchez y Rivera y les salve la cara a ambos con su marcha.

¿Debería, por tanto, irse Rajoy? Millones de españoles contestan esa pregunta teniendo en cuenta únicamente su simpatía o antipatía hacía el dirigente del PP, lo cual es explicable. No lo es, sin embargo, en absoluto que Sánchez y Rivera -el primero expresamente y el segundo por evidente deducción- estén jugando a la carta de la renuncia de Rajoy despreciando olímpicamente una consideración democrática de carácter esencial: que en un sistema fuertemente presidencializado como lo es el español (¡hay que leer un poco, coño!) Rajoy es el candidato de su partido a la presidencia del Gobierno, ha sido votado para ocupar ese puesto por casi ocho millones de electores, pocos menos de los que votaron conjuntamente al PSOE y C’s y ha aumentado en votos y en escaños entre diciembre del 2015 y junio del 2016 mientras los de Sánchez y Rivera descendían.

Sánchez y Rivera tienen todo el derecho a intentar configurar una mayoría alternativa a la del Partido Popular, pero ninguno, si renuncian a ello, a bloquear la investidura del partido que les ha ganado en dos elecciones sucesivas o a exigir, contra la evidente manifestación de la voluntad de los electores, que ese partido cambie de candidato porque a ellos no les gusta. Esa forma torticera de entender la democracia supone un paso de gigante en la destrucción de dos de los principios esenciales sobre los que aquella se sostiene. Y esa sí que sería una responsabilidad solo de Sánchez y Rivera.