Provisionalidad política y secesión catalana

OPINIÓN

04 ago 2016 . Actualizado a las 08:34 h.

Con un Tribunal Constitucional (TC) gallina y posibilista; con un Gobierno en funciones al que solo le puede suceder un Gobierno en apuros; con una oposición dispuesta a hacer valer su derrota; con un sistema mediático ululante y atrincherado, que convierte en tesis sus deseos; y con Rivera-32 empeñado en liderar la regeneración, es inevitable que el independentismo supere su reciente crisis, y que convierta en una oportunidad de oro este desastre político en el que nos hemos instalado.

No se puede entender que, con un Parlamento de mayoría constitucionalista; con un sistema judicial que, haciendo del derecho penal la prima et unica ratio del control de legalidad, siembra el terror entre la clase política más leal; y con unos partidos llenos de exigencias y escrúpulos cuando se trata de ponerle a Rajoy el yugo de la transparencia, la monumental agresión jurídica y política desplegada por los independentistas contra el Estado se siga desarrollando con total impunidad, sin que nadie se atreva a usar medidas coercitivas, y sin que los mismos tribunales que amenazan con el desacato a los trileros y chaíñas que juzgan a diario, se atrevan a protegerse a sí mismos y a los ciudadanos de los políticos que, empoderados en instituciones fácticamente soberanas, ultrajan a diario al TC y a los jueces, mientras se pasan la ley por el arco de triunfo.

Aunque aún perdura la inercia de lo bueno, y el país sigue funcionando, es evidente que la situación se está agrietando de forma alarmante, sin que nadie quiera admitir que, a medida que el TC y la Justicia se arrugan, y que los independentistas se envalentonan, la lógica política subconsciente nos lleva a empatizar mucho más con los gallitos que ganan que con los gallinas que pierden. Porque, si todavía no han visto que Cataluña ya no es un Estado de derecho, tampoco lo van a ver en el lustro que falta para que la secesión sea efectiva, y para que nuestros jueces más progresistas empiecen a dictar sentencias contra el Estado, para que asuma la deuda de Cataluña y le reconozca créditos históricos que todos pagaremos.

Cuando los partidos entre marrulleros y apocados se hacen sin un árbitro eficiente, siempre ganan los marrulleros. Y solo el ciego que no quiere ver puede pasar por alto que el independentismo de hoy está empoderado, que hace lo que le da la gana, y que está burlando todos los instrumentos que tiene la democracia para protegerse. Por eso conviene avisar de que, cuando llegue el momento de la verdad, este Estado de gallinas, que no supo frenar lo fácil, tampoco va a arriesgar para frenar lo difícil. Y que Cataluña, además de llegar a ser un nou Estat d’Europa, también puede hacer el negocio del siglo a costa de una España debilitada y acomplejada. Y yo no protestaré. Porque ellos lo tienen bien merecido, y nosotros también.