Los refugiados


La mayoría de mis amigos iraquíes de la adolescencia se encuentran en la diáspora. Todos huyeron de Irak tras la Guerra del Golfo de 1991. Ante la perspectiva de seguir bajo el yugo de Sadam Huseín y sufrir el embargo internacional que les impedía incluso cubrir sus necesidades más básicas, huyeron del país. Jóvenes que habían terminado la secundaria o los estudios universitarios dejaron atrás a su familia, su hogar, su vida, para afrontar largos y duros procesos de admisión como refugiados en Europa, América e incluso Nueva Zelanda. Una vez acogidos, debieron buscar trabajo, alquilar una vivienda e iniciar una nueva vida. Hoy, tras más de dos décadas, son nacionales, han criado a sus hijos, que son miembros de pleno derecho, y aportan mucho a sus países de acogida. Están integrados y se sienten agradecidos, aunque no han perdido su identidad iraquí, porque la morriña no conoce de idiomas, culturas o religiones, y les duele e indigna lo que sucede en su país natal.

Fueron refugiados y hoy son ciudadanos trabajadores y pacíficos, como millones más que sufren con dolor e impotencia la sucesión de crímenes que algunos fanáticos desnortados están cometiendo. Temen la estigmatización de que todo refugiado es un terrorista. Injusta apreciación, que sirve para el discurso de la derecha más extrema. Y es que los hijos de las dictaduras poco o nada tienen que ver con las nuevas generaciones criadas en entornos islamistas radicalizados. Aquellos viven con ilusión y esperanza el futuro, estos solo desean morir matando.

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