El principio básico de la alternancia es que nunca hay vacío de poder. Un Gobierno no cesa hasta que haya otro. Y con esa premisa es evidente que la expresión en funciones sirve más para recordar que los electores están activados que para una limitación efectiva de los poderes del Gobierno, que solo afecta a aquello que tiene que ver con su legitimación -mociones de censura y confianza, disolución de Cámaras e iniciativas legislativas de corte constitucional o electoral-, o con los asuntos que, por condicionar la acción del Gobierno siguiente, tanto la educación como la sana costumbre aconsejan parar. Por eso acertaron los constituyentes al no definir los límites del Gobierno en funciones. Porque la lógica obliga a pensar que, si durante el ínterin de alternancia se plantean problemas de envergadura o urgencia -de defensa o de seguridad, acuerdos internacionales, decisiones de desarrollo legislativo imprescindibles para el funcionamiento de los servicios y de la Hacienda- el Gobierno en funciones debe actuar como un Gobierno ordinario.
Fijar el techo de gasto, que es clave para mancomunar la economía europea y para su control y sanción por Bruselas, es un ejemplo de lo que, aun en funciones, se puede hacer. Y por eso sería bueno que hoy, cuando incluso Belén Esteban está preocupada por este agudo problema, reflexionemos sobre las burradas que se decían hace un año cuando el Gobierno, con mayoría absoluta, aprobó el techo de gasto y los presupuestos del 2016 para impedir el caos financiero, para dar rigor a la gestión presupuestaria y para evitar que una situación de en funciones decretada por las oposiciones y sus voceros obligase al PP a afrontar las elecciones en franca descomposición. En aquel momento solo los ministros y yo opinamos a favor de la gestión rigurosa y de no extender el escrúpulo gubernativo a las precampañas. Y hoy sería útil que todos nos preguntásemos qué decíamos entonces, para que pudiésemos identificar a los que, por «arre que rebente» o por «xo que pare», contribuyen con su algarada y su ignorancia al caos político.
El caos es la clave. Porque lo único que impide aprobar el techo de gasto e iniciar la gestión presupuestaria es la falta de consenso. Y el disenso, que forma parte de la democracia y del sistema, puede bloquear el país. Y eso se produce porque la política genera algunas alternativas que florecen en el caos, y cuya única esperanza es que las decisiones se tengan que adoptar con mentalidad de crisis, ambiente de indignación y evidencia de caos. Por eso carece de sentido el debate jurídico sobre esta cuestión. Porque el PSOE ya decidió que al enemigo, ni agua. Y por eso es tan difícil que haya Gobierno como que se solucione lo que ya se podría resolver hoy mismo. Porque hay mucha gente que está viviendo del caos o de su expectativa.