A trompicones


Parece que esto empieza a moverse, aunque sea a trompicones. La pregunta es si era necesario esperar mes y medio. Es lo malo de atarse en campaña electoral a condiciones imposibles, que después cuesta el doble rectificar. Así le ha ocurrido a Rivera con su veto personal a Rajoy. Una exigencia inviable que ha tenido que soslayar con unas exigencias que tienen más de escenificación para salvar la cara que de verdadero alcance regenerador, porque poco le supone al PP un documento que no va más allá de una declaración de intenciones cuya aplicación queda abierta a muchas contingencias. Unas porque no dependen solo del PP y otras, como la investigación parlamentaria de sus finanzas, ya se verá.

Pero cualquier paso hacia el desbloqueo político es bienvenido. Y no es un paso despreciable. Al contrario. Ahora coloca la pelota en el tejado del PSOE, que es de quien en última instancia depende la investidura, o no, de Rajoy. En el teatrillo en que se ha convertido la política española, Rivera ha sabido vender su cambio de postura. Justo lo contrario que Pedro Sánchez, quien se ha encerrado en un callejón que solo tiene una salida: nuevas elecciones. Malo para su partido, malo para España. Podía aprovechar el estado de necesidad del PP para exigir un alto precio que beneficiara a todos. No hacerlo es un grave error. Permitir que Rajoy gobierne, dadas las circunstancias, no sería una traición. Exigiría, eso sí, un esfuerzo de pedagogía política que quizás los socialistas no se atrevan a abordar por su situación interna. Pero el miedo a intentar lo que uno debe es el camino más corto al fracaso.

A trompicones