País a jirones

OPINIÓN

13 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Para hacer frente a la crisis no era necesario que la nota de Religión contara para entrar en Medicina. Tampoco era necesario que Gallardón pusiera tasas que nos expulsaran de la administración de justicia. La crisis no obligaba a convertir en delito la libertad de expresión ni a que Jorge Fernández fabricase historias y pruebas falsas contra rivales políticos o que recibiese a Rodrigo Rato en el ministerio para lo contrario. La gestión de una crisis no tiene por qué incluir coches de lujo aparecidos de repente en los garajes de Ana Mato ni que José Manuel Soria arremeta con impuestos contra la energía solar (a saber quién de su interés estará en alguna compañía energética, o en qué cuál aparecerá él mismo cualquier día de estos). Ninguna crisis obliga a que todo Cristo tenga cuentas delincuentes en Panamá; la evasión fiscal nunca fue una medida eficaz contra el déficit.

La cortedad de los políticos para formar gobierno es evidente. Pero es que la situación política es muy difícil de gestionar. El PP es el partido más votado y a la vez el principal problema para que España se normalice políticamente y se vertebre como un país normal. Tomó medidas extremistas puramente ideológicas y, como organización, fue el ecosistema en el que se dieron y protegieron los mayores saqueos que conocemos de las arcas públicas. Ni muestran intención de moderar ideológicamente las leyes más radicales ni ofrecen una mínima disposición a la transparencia y la regeneración. Seguramente no pueden. El PP es el partido de las oportunidades, donde tras vociferar unos pocos años se consiguen embajadas en la India y todo tipo de chollos. Tratar de quitar del PP las malas prácticas éticas puede parecerse a intentar hacer una versión de King Kong «sin la parte esa del mono».

El PP tiene que formar gobierno pero es difícil pactar con él porque ni quiere moderarse ni puede limpiarse. Los votos expresan resignación o miedo, pero no inocencia, y ningún partido quiere zambullirse en la sentina de Alí Babá. No sólo es la poca altura de los actuales políticos de cabecera. Es que sencillamente una mayoría notable del país y de los escaños que lo representan están contra el partido más votado. Aunque Rajoy consiguiera investirse porque Felipe y Cebrián le dieran una colleja al cabo Sánchez, no habría un gobierno con capacidad, por ejemplo, para sacar unos presupuestos. Pero es que este país nuestro es una masa invertebrada difícil de coger con las manos sin que se nos escurra por un sitio y otro. La propia situación de Cataluña, en su gravedad, nos ayuda a intuir esta cuestión: no hay algo parecido a un proyecto colectivo que ofrecer a los catalanes. Lo único que podemos hacer con ellos es lo que se está haciendo: la vía negativa, intentar que se asocie la independencia con el desamparo y la soledad. No es que no se pueda hacer nada. Se puede hacer todo y razonablemente rápido. Una colectividad necesita, para actuar como tal, unas líneas que marquen una trayectoria hacia delante y una memoria que la haga reconocerse a sí misma como unidad. Todos somos muy distintos de como éramos de niños o de adolescentes. La memoria es la que da continuidad y coherencia a las piezas temporales y nos hace sentir nuestra niñez y nuestra vida adulta como una vida y no como una acumulación inconexa de vidas a granel. España necesita tocar algunas piezas para que tengamos una sensación clara de conjunto. Veamos algunas.