A no ser que el PSOE opte de manera definitiva por el suicidio, parece evidente que a finales de agosto, o a más tardar a primeros de septiembre, España tendrá Gobierno. Será una solución lógica dentro del complicadísimo tablero político alumbrado en diciembre del 2015 y confirmado en junio del 2016. En lo sustancial, nada ha cambiado desde que hace ocho meses los españoles dejaran claro que, aunque el Gobierno de Mariano Rajoy se hizo merecedor de un duro castigo, tampoco estaban dispuestos a entregar la mayoría a quienes durante cuatro años se limitaron, sin aportar nada ni arriesgar lo más mínimo, a intentar medrar a lomos de la justificada indignación de aquellos que más han padecido los efectos de la crisis.
Y es precisamente eso, la constatación de que, por difícil que sea la actual coyuntura política y económica, la situación sea exactamente la misma que hace ocho meses, la que retrata a unos partidos que han perdido miserablemente el tiempo durante todo este período, pensando exclusivamente en sus propios intereses y sin importarles un bledo el sufrimiento añadido y gratuito al que han sometido a una buena parte de los españoles. Con los números en la mano, y hasta con los programas de cada fuerza política, el Ejecutivo que se va a acabar formando es en esencia el mismo que podría haberse construido en diciembre del 2015. Entre otras cosas, porque es el único posible. Un Gobierno encabezado por el partido que ha obtenido mayor número de votos y escaños, con una diferencia notable respecto al segundo, apoyado por la fuerza minoritaria ideológicamente más próxima y consentido en su investidura por el adversario ideológico con expectativas de convertirse en alternativa.
¿Y qué lección nos deja entonces todo este tiempo inútilmente desperdiciado? Pues que tanto las fuerzas que han conformado durante décadas en España un perfecto bipartidismo imperfecto, como los nuevos partidos surgidos al calor de la crisis, se han comportado hasta ahora de una forma políticamente cavernícola. Nunca se ha visto en una democracia avanzada a unos dirigentes que afronten una negociación ineludible a partir del insulto y la descalificación, en lugar de intentar buscar aquello que les une y tratar de llegar a un mínimo acuerdo, basado en la cesión mutua, en todo lo que les separa. Ver a dirigentes del PP descalificando a Albert Rivera, su socio imprescindible, llamándolo «Naranjito»; a este tratando de sepultar políticamente a un Rajoy votado por ocho millones de españoles; o a Pedro Sánchez desentendiéndose del futuro del país e intentado sacar tajada, incluso a costa de su propio partido, después de un histórico fracaso electoral, es un espectáculo que mueve al desánimo y refleja la talla ínfima de nuestros actuales dirigentes respecto a los que tuvimos en la transición. Y, en esa situación, si ellos no elevan su respectivo nivel político, dará igual que se forme o no Gobierno, porque estaremos abocados a la catástrofe.