Lo normal y la güestia


Antes, pero no mucho antes, cuando el reparto de escaños en el Congreso no estaba tan dividido, al conservadurismo español le bastaba con enarbolar un par de tópicos sobre «lo normal» y «lo constitucional» para ir tirando sin mucho más armazón ideológico. Ya no es así, claro, y el argumentario carca (el de los dirigentes políticos pero también singularmente el de su horda de columnistas y tertulianos) ha tenido que ir mutando al paso sin prisa pero sin pausa de la conveniencia de Rajoy. Así, les parece totalmente normal que el presidente en funciones declinara en diciembre presentarse a la investidura, cediendo el testigo al candidato socialista, (lo que les pareció una traición) y, a la vez, ahora que ha aceptado, tienen la caradura de presentarlo en su literalidad como un encargo del rey contra el que no cabe oponerse casi como si fuera delito de lesa majestad. El encargo a Sánchez en invierno debía de ser de palo o algo así. Como la normalidad se estira y encoge lo mismo para guardarla en el bolsillo que para cubrir un circo de tres pistas, Rajoy y su alegre mesnada de opinantes también dan por convencional y cotidiano que se prolongue sine die la fecha de la investidura hasta que cuadre el objetivo confiando toda la estrategia al agotamiento de sus flojos rivales.

La verdad es que no, no es normal. No lo es dar comparecencias en plasma, huir de la prensa por el garaje del Senado, o esconderse de ofrecer explicaciones hasta las comparecencias con algún líder internacional invitado donde sólo se aceptan dos preguntas por país hasta el punto que un periodista rumano renunció a inquirir a su presidente para preguntar al nuestro. No es normal. Tampoco aprobar los presupuestos del año siguiente a unas elecciones que se convocan en plenas navidades estirando al máximo el límite legal. No es normal. Y mucho menos lo es pretender dar la vuelta a lo que dicta la Carta Magna sobre quién debe formar gobierno, que no es la lista más votada, sino quien más apoyos consigue en el parlamento. Eso es lo constitucional, no otra cosa, y para ganarlos hay que negociar y ofrecer pactos, no basta con esperar a que te respalden porque sí bajo la amenaza de ir a unos nuevos comicios. Es un argumento absurdo desde el momento en que el PP votó no a la candidatura pactada entre PSOE y Ciudadanos en invierno.

Un montón de gente que dice ser muy responsable, entre ellos múltiples jerarcas socialistas, defienden también que el mal mayor son unas nuevas elecciones (en las que presumiblemente el PP incremente sus apoyos, pero eso es una profecía nada más) sin valorar cómo contribuirían a minar aún más la cada vez más menguada credibilidad de nuestro sistema político. Todas las espantadas decimonónicas de Rajoy que tanto le ríen sus juglares son en realidad una carcoma para la misma institución del poder Ejecutivo; en nombre del consenso sagrado de la idealizada Transición, se pretende ahora que se deje gobernar al PP gratis porque sí, sin ninguna concesión a cambio, lo que ahondaría en la creencia de que todo es lo mismo y todo es igual, que lo mismo dan unos que otros, y que no hay ninguna elección posible entre alternativas políticas. Si la izquierda tiene que ir al parlamento a asentir a lo que le digan los señores de la derecha, bien modositos en su escaño sin rechistar que se queden en su casa a contar batallitas de los grises a sus nietos que los demás ya tenemos cada uno a nuestros abuelos.

Pero ¿qué tiene enfrente Rajoy? Apenas nada, una güestia fantasmal que aúlla y mueve los brazos con ahínco pero que son tan translúcidos que no pueden tocar nada, mucho menos morder. Detrás de la presión de tantos socialistas para ceder a la abstención no hay más que el deseo de descabalgar a un Pedro Sánchez que tendría que haber dimitido la misma noche del 26 de junio, quizá ya en diciembre, después de haberse despeñado por debajo de los cien escaños. En Podemos resulta ya muy difícil de ocultar que más allá del ansiado «sorpasso» no había ninguna meta concreta y que después de recitar proclamas cursis en la toma de posesión del escaño se agotan las ideas y no habían plan B. Alberto Garzón se sumó encantado a esta estrategia y con el mismo encantamiento está aplaudiendo que buena parte del electorado de IU se haya quedado en casa esperando tiempos más propicios.

Ciudadanos está a punto de entregar muy barato su respaldo positivo al gobierno de Rajoy. Los demás pueden elegir dárselo mucho más caro aún con una abstención o prepararse para intentar una alternativa in extremis si fracasa Mariano, o para una durísima batalla invernal en unas terceras elecciones que serían cómo tratar de invadir Rusia en cuanta caen las primeras nieves. No hay alternativas buenas, bienvenidos al mundo adulto. Lo que sería inconcebible y hasta negativo para la democracia, sería entregarse a la primera, sin resistencia, rendidos a ese rey de hielo, señor oscuro de la inmovilidad.

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