Las olimpiadas, o los juegos olímpicos, como se encargará de precisar nuestro pedante cuñado, consisten básicamente en que durante quince días nos emocionemos contemplando a deportistas españoles perfectamente desconocidos para nosotros tratando de lograr una medalla en especialidades de las que, en muchos casos, ni siquiera conocemos las reglas. Y así, sin darnos cuenta, nos encontramos vibrando ante la posibilidad de que Maialen, Lydia o Marc, que en cuanto llegue septiembre volverán al anonimato en el que transcurren sus carreras, alcancen un diploma en doble trap, halterofilia o doma ecuestre. Discutimos sesudamente con el vecino de terraza en el chiringuito respecto a si el penalti córner que ayer le pitaron a Tonga en su partido de hockey sobre hierba contra España estuvo o no correctamente sancionado por el árbitro. Nuestros abnegados deportistas se convierten por unos días en protagonistas estelares, aunque ellos mismos sean conscientes de que muy pronto, ganen o pierdan, volverán a ser unos don nadie de los que no se hablará, porque regresaremos a la dictadura del fútbol. El debate deportivo volverá a centrarse, como debe ser, en si el color con el que Cristiano Ronaldo se pinta las uñas de los pies es azul o negro, o si el nuevo peinado de Messi, con sus mechas plateadas, ayudará a que el astro argentino olvide sus múltiples penas y meta más goles en la próxima temporada.
Los españoles tenemos la fortuna de que este verano, además de a las olimpiadas deportivas, podemos asistir a nuestros particulares juegos políticos -gracias, cuñado-. Y nos hemos acostumbrado por ello a ver todos los días en la pantalla del televisor y en las páginas de los periódicos a oscuros fontaneros de los partidos, que en circunstancias normales no ocuparían ni un suelto en página par, definiendo ex cátedra como rutilantes estrellas de un inacabable drama político. Así como este verano somos todos expertos en bádminton, skeet o esgrima, y conocemos los nombres de nuestros respectivos representantes, nacionales o regionales, nos hemos aprendido también los apellidos de personajes secundarios, mediocres y perfectamente olvidables como José Manuel Villegas, Miguel Gutiérrez, Óscar López, Antonio Hernando o Fernando Martínez Maíllo. Nos hemos acostumbrado a que sean ellos los que salgan todos los días en la tele trazando líneas rojas, echando órdagos y amenazando con dejarnos otro año más sin Gobierno, mientras Mariano Rajoy ejecuta su enésima caminata por la Ruta da Pedra e da Auga y Pedro Sánchez apura el último calamar en Mojácar. Yo les deseo lo mejor a todos ellos, pero espero que sean conscientes de que la suya es una gloria efímera, porque el cristo político en el que nos hallamos inmersos solo se solucionará cuando Rajoy y Sánchez, nuestros Messi y Cristiano de la política -así de triste es la cosa-, hablen de una vez en serio, pongan fin a este bárbaro sinsentido político y se cuelguen, ellos sí, la medalla. Ánimo, campeones.