Alberto Carlos Rivera Díaz, conocido como Albert Rivera, no es precisamente una joven promesa ni un soplo de aire fresco en la política española, al contrario de lo que algunos puedan creer. Su imagen juvenil y su desparpajo oratorio han consolidado la idea de que es un recién llegado a la política llamado a renovar discursos y formas en un parnaso parlamentario ciertamente carpetovetónico. Pero la verdad es que Rivera cuenta ya con casi 37 primaveras y que lleva 10 años metido en esto de la cosa pública, cobrando desde el primer día un sueldo como diputado, primero en el Parlamento de Cataluña y después en el Congreso. Por situarnos, con solo tres años más de los que cuenta ahora Rivera, el socialista Felipe González era ya presidente del Gobierno de España. Sorprende por ello que el líder de Ciudadanos pretenda presentarse como alguien sin pasado y ajeno al sistema. Pero asombra todavía más la simpleza naíf con la que alguien bregado en política como él está planteando sus propuestas de negociación en un escenario parlamentario especialmente complejo, tratando así de conectar con una generación desencantada con lo que hemos tenido hasta ahora pero que, aunque pueda coincidir con él en la fecha de nacimiento, no es la suya.
En realidad lo sabe de sobra, pero alguien debería explicarle que las formas con las que está planteando una negociación con el PP que él necesita tanto o más que Mariano Rajoy no son de recibo. De entrada, insultar y menospreciar reiteradamente a alguien con el que estamos obligados a acordar algo es un comportamiento que, más allá de violar cualquier manual político, raya en la mala educación. Si lo que pretende es hacerse perdonar el hecho de que vaya a acabar votando a favor de la investidura de Rajoy, se equivoca. Nada ni nadie le obliga a hacerlo. De modo que si al final toma esa decisión, será por su propio interés y porque así lo habrá decidido él mismo, no porque esté sacrificándose para prestar un gran servicio al país, como quiere hacernos creer.
Muy pronto empezará a darse cuenta el no tan joven Rivera de que a quien más le interesa que Rajoy sea investido presidente y que no haya unas terceras elecciones es a él, y no al líder del PP. Y que los humos con los que llega a la mesa de negociación tendrán que empezar a bajar de manera inevitable. Simplificando mucho, lo más probable es que, en caso de que haya nuevos comicios, Ciudadanos pase a ser una fuerza testimonial, con entre 15 y 20 diputados, y que el PP supere los 150 escaños. De ese análisis, por otra parte evidente, es de donde nace la pachorra con la que Rajoy explicó ayer que, aunque está dispuesto a negociar, el comité ejecutivo de su partido ni siquiera analizó las seis condiciones impuestas por Rivera. Y que si el PSOE no garantiza la investidura, tampoco está muy animado a pactar nada con Ciudadanos. Si lo que quiere es que no haya nuevas elecciones, Rivera tendrá que arrimar un poco más el hombro y bajar mucho sus humos.