Los juegos olímpicos me generan sentimientos encontrados. Por un lado se trata de un evento que beneficia más a las grandes empresas que a las ciudades que lo albergan. Río no es una excepción y la Villa Olímpica no deja de ser algo así como un resort de lujo en una realidad urbana repleta de favelas y de miseria. Pero al mismo tiempo, cada cuatro años me quedo embelesado frente al televisor viendo aquellos deportes que son ignorados el resto del año y que no reciben atención mediática más que cuando se celebran los Juegos.
Me fascina también eso del espíritu olímpico, aunque la línea que divide la sana deportividad de la competitividad estúpida es tan fina que en no pocas ocasiones queda desdibujada en gestos que se pretenden a si mismos heroicos. Reconozco la épica del esfuerzo y de la autosuperación y la belleza que transmite, pero me incomoda que se trate de uno de esos fenómenos que apelan más a las pulsiones humanas que a la razón. La escena, tanta veces vista, de corredores de maratón llegando a la meta al borde del desfallecimiento me provoca una extraña mezcla de respeto y de rechazo que aún no he logrado conciliar.
El deporte, particularmente en el contexto olímpico, es un trasunto casi exacto de la guerra en su versión antigua. Los combates singulares entre héroes aqueos y troyanos que nos narra Homero en La Ilíada, con sus respectivas hinchadas jaleando a los contendientes, se asemejan más a unos Juegos Olímpicos que al campo de batalla moderno. Si a eso le sumamos que los deportistas defienden los colores de un determinado país, en muchos casos enfrentado a otros por conflictos atávicos, los Juegos tienen un aroma militar que crea tanta fascinación como rechazo.
La última imagen de la épica deportiva, no se sabe si heroica o rematadamente estúpida, se ha producido en la prueba de 50 kilómetros marcha de los Juegos Olímpicos de Río. Un atleta francés, tras sufrir problemas gastrointestinales y hacerse sus necesidades en plena carrera, se desmayaba a diez kilómetros de la línea de meta. Tras ser reanimado por las asistencias de la carrera, el corredor decidía seguir la prueba, a pesar de no tener ya ninguna posibilidad de medalla. Habrá quien piense que esa clase de comportamientos son propios de seres humanos hechos de otra pasta y con una fuerza de voluntad a prueba de bombas. Que son gestos dignos de admiración y merecedores de elogio. Yo, por el contrario, no puedo evitar acordarme del soldado que acude al campo de batalla buscando una muerte segura. Tan estúpido como heroico?
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