Paparruchas


Redacción

Pasaron tantas cosas entre el instante en el que Mariano Rajoy convocó el Comité Ejecutivo Nacional de su partido de esta semana y el momento en el que el PP entero se lanzó en tromba a amenazar con unas nuevas elecciones el día de Navidad que merece la pena detenerse un segundo a repasarlas. Ocurrió primero que el presidente en funciones declaró explícitamente que se reuniría con la cúpula popular para estudiar las seis condiciones propuestas por Ciudadanos. Pasó una semana completa (ya ven qué urgencia) y llegado el día resulta que Rajoy le espetó a una periodista que no habían comentado nada de eso, «no hemos venido a hablar de condiciones», dejó a otro compañero con la palabra en la boca cuando iba a hacerle un pregunta y añadió además que respecto a la fecha de la investidura (que ya ha pasado como un mes desde que aceptara el encargo del rey) tendría que decidirla después de hablar con el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez.

Apenas 24 horas después, resulta que Rajoy aceptó firmar esas seis condiciones de Ciudadanos de las que no había hablado en el Comité Ejecutivo Nacional de su partido, utilizó como un ventrílocuo a la presidenta del Congreso de los Diputados para señalar la fecha (30 de agosto) de ese debate de investidura que se supone que tenía que hablar primero con Pedro Sánchez y además llegó esa maravillosa amenaza de culpar a la oposición de robar nada menos que la Navidad a los españoles en el caso de que no opten por regalarle la presidencia porque sí. A nadie parece extrañarle tal sucesión de incongruencias y desmentidos a sí mismo en apenas dos días, al fin y al cabo, el presidente en funciones tuvo el descaro de decirle a una periodista que él nunca había dicho lo que ella (con toda certeza) le aseguraba que sí había declarado. Respecto al hecho de que Rajoy deje a los periodistas con la palabra en la boca y haga mutis por el foro después de un «muchas gracias» de protocolo, parece tampoco tiene nadie nada que decir. No es sólo una cuestión de buena educación (que también) es una muestra evidente del escaso, más bien nulo, talante democrático del presidente para el que responder a cuestiones de la prensa parece que siempre es un incordio, un auténtico coñazo. Pero los periodistas no están allí por hacerle perder el tiempo, son profesionales que tienen que describir lo que pasa y están en su derecho a reclamarle las explicaciones precisas para poder hacerlo correctamente. El desdén de Rajoy hacia la prensa (que es reincidente y sangrante hasta el escándalo) no tiene parangón en las democracias occidentales donde sería inconcebible que un político de segunda fila se comportara así, mucho menos un presidente o primer ministro.

Qué más da. Todo este desparpajo, esta caradura, la pachorra con la que Rajoy se salta el respeto a las instituciones del Estado (desplantando al rey en enero y aceptando la investidura en verano pero posponiendo la fecha a su conveniencia), la forma de tratar a la prensa, la falta de vergüenza para mentir en una retransmisión en directo, todo eso no son más que síntomas que acompañan a la forma en la que se ha instalado en el Ejecutivo desde la pasa legislatura. Agotado ya el tiempo de la mayoría absoluta, Rajoy se ha limitado a ver pasar los meses a la espera de que todo se pudra a su alrededor, sin el menor interés en negociar nada con el resto de partidos. ¿Por qué no intentó un pacto similar al de ahora en enero? Ni siquiera ahora en agosto ha hecho gran cosa. Ha estado sentado, esperando que Ciudadanos desesperara (porque más que a nadie a los naranjas les urge evitar unos nuevos comicios) para ofrecerle una salida. Una que despreció en público el día anterior a aceptarla sin reparos.

También urge a que el PSOE se abstenga a cambio de nada para facilitarle la formación del gobierno. Y con él está la totalidad de la prensa escrita nacional, que actúa ya como la del Movimiento, unívoca y unánime, sin espacio a la disidencia. Es preciso que se forme un Ejecutivo y además como un regalo, sin contraprestaciones. ¿Cómo iban a protestar los directores de esos periódicos porque se desplante a sus periodistas en una rueda de prensa, porque se les desmienta una afirmación que es cierta si no son ya más que palanganeros?  ¿Han protestado los monárquicos por el hecho de que Rajoy se haya reído dos veces de Felipe VI, primero declinando su oferta de invierno y aceptando la de verano para prolongarla sine die? ¿Hay aquí conservadores o liberales o democristianos, o simplemente lacayos de lo que mande el señorito? 

La izquierda española es desastrosa, no se entienden entre ellos, apenas tienen ideas coherentes, sus líderes son advenedizos sin criterio ni luces y, sin embargo, el verdadero drama, aunque nadie quiera reconocerlo es el de la derecha. La estructura de jerarquía cuartelaria del PP impide que pueda darse ninguna renovación a no ser que salga del poder. Mientras tanto Rajoy es quien decide todo, decide desde luego quiénes serán sus ministros y los que irán en las listas al Congreso, pero también los candidatos autonómicos y hasta los de los ayuntamientos, nada se puede mover sin visto bueno, nadie le puede toser. Controla el ente público de televisión después de haber alterado uno de los mejores hitos de Zapatero que fue la elección de su dirección por parte del parlamento, decide ya lo que tiene que opinar la prensa privada. Por decidir ya ha decidido que si no le entregan gratis otra legislatura en el Gobierno la culpa será de los demás y se quedan sin navidades. Y ni siquiera eso es cierto.

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