Rajoy no se presenta a la investidura para perder, sino para formar un Gobierno estable y con apoyos. Por eso no gastó ni un segundo en el cálculo que hace coincidir unas hipotéticas terceras elecciones con la Navidad, mientras dedica muchos días a hacer encaje de bolillos con un Parlamento fragmentado que, desde el peculiar estilo de Rivera I el Desbloqueador, solo le ofrece una investidura cicatera y desleal: por insuficiente, por forzar la segunda votación y por negarle un pacto para gobernar.
Pero a Sánchez, clave de este galimatías, solo le valdría que Rajoy se hiciese dominico en Angola, que el PP lo sustituyese por un muñeco sin pilas, y aliarse con todos para cazar el peluche a pelotazos, como si el Congreso fuese una barraca de feria. Por eso Sánchez y su corte mediática se han lanzado a identificar las elecciones de Navidad con un chantaje, como si, a pesar de su lógica radicalmente laica, sintiesen la necesidad de asistir a los oficios religiosos y facilitar la reunión de las familias en torno al misterio del Niño Dios. ¡Qué cosas!
Rajoy, desde la insuficiencia parlamentaria, lo hace todo para gobernar. Y, en calidad de doble ganador del 29D y el 26J, acepta la obligación de intentarlo, de tratar a Rivera como si fuese Adenauer y de poner en marcha, en su caso, el reloj de las nuevas elecciones. Pero Sánchez necesita vengarse de la atrabiliaria investidura que intentó desde su derrota, y quiere, sobre todo, que su fracaso personal sea compartido por toda la clase política y el cuerpo electoral. Para eso anuncia de nuevo su «no es no» para Rajoy, el PP, el techo de gasto y los presupuestos del 2017, mientras se enroca en su atolondrado papel de perro del hortelano, que, insensible al interés general y a la tradición de su partido, ni come ni deja comer. Por eso sigue siendo probable que tengamos que votar el día de Navidad.
Ante tal eventualidad, quiero quitarle sus miedos escénicos al pobre Pedro, para que pueda seguir bloqueando lo que le plazca. Porque los laicos, que creen en el inevitable colapso de las supersticiones cristianas, estarán encantados de que la estrella de Belén, verso suelto del Big Bang, se pose este año sobre su colegio electoral. Y los cristianos, que también queremos un Estado laico, siempre hemos compartido ambos mundos, y nos sobra tiempo, desde el día 24, para escuchar el Oratorio de Navidad de Bach, hacer compras, preparar cenas, compartir la alegría del Nacimiento, asistir a la misa del gallo, votar y ver El cielo puede esperar antes de las 20 horas del día 25.
Después, ya se sabe: rumiar las encuestas de las ocho, decir cuatro lugares comunes, y, frisando las once, constatar la tercera victoria del PP -corregida y aumentada- y la dimisión de Sánchez en directo. No está mal para Navidad. Y a mí, a fuer de sincero, ya me tarda.