Por qué no vale cualquier investidura

OPINIÓN

22 ago 2016 . Actualizado a las 08:23 h.

Acausa de la lamentable forma en que hemos administrado las elecciones del 20D y el 26J, se ha instalado en España el mantra de que lo más urgente es tener Gobierno, y que repetir las elecciones sería un riesgo y una vergüenza. Por eso hay millones españoles dispuestos a brindar con cava si se consiguen las abstenciones necesarias para desarrollar la que ya amenaza con ser la legislatura más estéril y desintegradora de esta democracia.

Y bien puede colegirse que, siendo tan grande la boca del lobo en la que vamos a meternos, la explicación que cabe para tanta resignación y ceguera es que el debate sobre los bloqueos y los enroques se ha impuesto al análisis de las reformas y soluciones urgentes. La impresión general es que somos un país alegre y confiado al que no le preocupa nada el mar de fondo, como si las quiebras que provocaron la crisis, la indignación y la disfunción del sistema se hubiesen evaporado. La realidad, sin embargo, es que España está en una situación tan buena como comprometida, que, lejos de ser abordable por cualquier Gobierno, precisa de una capacidad de decisión y ejecución que solo están al alcance de una grande y leal coalición.

Si necesitamos cumplir los objetivos de déficit, y rebajar la deuda en plazos relativamente cortos, se necesitan no solo grandes sacrificios, sino profundas transformaciones estructurales del Estado y sus Administraciones. Y eso no lo hace cualquier Gobierno. Si a eso le añadimos la necesidad de aumentar el empleo, mantener la competitividad, consolidar el sistema de pensiones y sostener las políticas sociales y de igualdad, el nudo ya es de tipo gordiano. Y si todo ha de hacerse en medio de una profunda revisión de la Constitución, abordando el reto catalán, diseñando un modelo eficaz y sostenible de financiación autonómica y actualizado la planta de las Administraciones locales, esta legislatura se hace crucial.

Pero los problemas no acaban ahí. Porque si vamos a pactar los modelos educativos, y homologar la gestión sanitaria y sus costes, y revisar la legislación laboral y la jubilación, y abordar una ley electoral que -salvo que estemos locos- debe circular en dirección contraria a la que desea Rivera, y si vamos a regenerar la política y la Justicia, y crear un modelo energético sostenible, y hacer un pacto sobre el territorio, habremos llegado a un compromiso histórico que, si no se afronta ya, fracasará sin remedio.

La Providencia, que tanto nos quiere, nos regaló una aguda crisis política que facilita la formación de un Gobierno excepcionalmente fuerte. Pero llegamos nosotros, con nuestros traumas, divisiones, venganzas y postureos, y queremos suicidarnos. Y para eso vamos a crear, en el momento más crítico, el Gobierno más débil y el Parlamento más cainita. Porque siempre sobra pan donde no saben comerlo.