Una sociedad de muchedumbres solitarias


Hace ya casi cincuenta años, el activista Guy Debord divulgó un texto titulado La sociedad del espectáculo. No era de fácil lectura, aunque sí muy sugerente. Allí anticipó una idea recientemente retomada por M. J. Sandel: que el capitalismo de mercado se nos estaba mutando en sociedad de mercado: «La mercancía ha logrado la ocupación total de la vida social». Poco a poco ya todo se puede comprar con dinero: seguridad, salud, enseñanza, placer, justicia, descendencia, órganos, etcétera.

Debord enlazaba esta mutación con otra no menos fundamental, que el trabajador vigilado y dominado en la producción se «encuentra todos los días tratado aparentemente como una persona importante, con solícita cortesía bajo el disfraz de consumidor». De estas dos premisas se derivan cambios de fondo que no han hecho más que reforzarse en el último medio siglo.

La mercantilización consumista ha restado primacía al obrero manual en favor del que supervisa automatismos y ofrece servicios. Las necesidades reales han dado paso a seudonecesidades, a consumir ilusiones (de ellas EE. UU. es hoy la mayor exportadora mundial: ocio, juegos, series de TV, películas). En vez del consumo de objetos duraderos, pasamos al frenético deseo de nuevos modelos (móviles, coches, electrodomésticos).

Quizás sea en la conversión del ocio en una nueva mercancía donde más ha mutado nuestra sociedad, porque mientras en el tiempo de producción se ahorra, en el tiempo de consumo se despilfarra.

Bien sea en consumo de imágenes, bien en seudodesplazamientos constantes o en seudofiestas (del enamorado, de la madre, del padre y muchas otras). Lo vivido se sustituye por la contemplación; frente al actuar, la pasividad; frente al ser, el parecer y, en vez de dialogar, apenas ver o escuchar. De lo vivido a lo representado; la vida pasa a ser una contemplación permanente.

En vez de una sociedad viva acabamos en una sociedad zombi de mercado. Terrazas de muchedumbres solitarias; eso sí, con muchas pantallas y cacharros móviles. La ciudad, que había prometido dejar atrás el aislamiento del mundo campesino y rural, muta ciudadanos en urbanitas no menos aislados y atomizados.

Y mientras la presencia social de la muerte era central en aquellas sociedades, ahora su mutación la esconde lo más posible (que casi pasa a ser invisible gracias a los diversos servicios de geriatría).

No se libra de esta mutación la acción política y social, que se transforma en espectáculo electoral, a imagen de cualquier otro deporte competitivo. Gestionado por burocracias parlamentarias, trabajadores del aparato, empresas de servicios y financiadores profesionales.

Y es así como, paulatinamente, cualquier propuesta de cambio social sobre los asuntos sustantivos pasa a descalificarse como antisistema. Solo se nos pide cada cuatro años (a todos los miembros de las modernas muchedumbres solitarias) que compremos un cierto consumo de representación. Ellos, los profesionales, rotarán en la noria para que nada cambie. En esas estamos.

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