Esperando a los bárbaros


Facebook adquirió Whatsapp hace dos años. Entonces la millonaria operación provocó una estampida. Muchos usuarios de la aplicación de mensajería buscaron cobijo en otras plataformas como Telegram. Les preocupaba que Zuckerberg aprovechara los datos que intercambiaban de forma privada con sus contactos para alimentar esa máquina voraz y lucrativa llamada Facebook.

Tras un tiempo, el pánico cesó. Facebook prometió respetar los datos de los usuarios de Whatsapp, y la aplicación se hizo aún más indispensable para las vidas de mucha gente. Pero la amenaza seguía ahí, latente, como la de los bárbaros que durante siglos rondaron las fronteras del imperio romano. Y llegó el día de la invasión: la red social con más usuarios del planeta va a usar nuestros números de teléfono, esos que tantas veces le hemos negado, con fines comerciales. Solo queda un recurso, clásico e inútil, el pataleo.

Antes de la compra, Whatsapp costaba 0,89 céntimos. Después Zuckerberg le escondió el precio. Nos hemos acostumbrado a no soltar dinero por muchos servicios que tienen un gran impacto en nuestra vida. Y eso ha conducido a mucha gente a ser víctimas de una gran ilusión. Muy pocas cosas son gratis. Las pagamos con otra moneda, mucho más valiosa: la información.

Esperando a los bárbaros