El deseo de ser engañado


Cuando trata uno de explicarse determinados fenómenos electorales y corrientes de opinión pública, a veces resulta difícil evitar la obtusa consideración que lleva a imaginar al votante simplemente errado o anclado en la versión más mezquina de sus intereses particulares. A cualquier persona con un mínimo de humildad intelectual y curiosidad por los fenómenos sociopolíticos se le quitarán más temprano o más tarde las ganas de refugiarse en esa limitada apreciación, por mucho rechazo que le genere el resultado de una elección o la tendencia que aglutine apoyos. No obstante, en estos tiempos en los que en determinados aspectos la conducta del ciudadano se equipara a la del consumidor y la relación con el votante se estructura sobre la base de la mercadotecnia y las apetencias, algo de verdad hay en que determinadas personas sienten el fervoroso (casi perverso) deseo de ser engañadas por aquella persona que escogen para representarles, de la misma manera en que el público se tragaba con entusiasmo acrítico ciertos mensajes publicitarios en los albores de la era consumista.

Ponerse a tiro para ser objeto de la estafa electoral no es difícil, de hecho. Basta con combinar la curiosa mezcla de escepticismo previo extremo con la pretensión de abrazar algo por el mero hecho de ser distinto o para dar un escarmiento a lo que se considere en determinado momento el establishment al que culpar de los males (incluso de nuestras propias carencias o fallos más personales). Se trata de llegar a un punto idóneo en el que descreer de todo y no sentirse partícipes de nada, hasta que aparece una figura con aires nuevos, dispuestos para ser respirados aunque el perfume termine por ser el de los huevos podridos. El potencial adquirente del producto es el votante que se regodea en su hartazgo, íntimamente satisfecho en su sensación de víctima (del extranjero, del sistema, del Estado, de las obligaciones, de los impuestos, etc.) y sin referencias sólidas más allá de las actitudes «genuinas» que encuentra en el candidato o subyacentes en la oferta que se le presente, con tal de que lleven la etiqueta de la novedad que sacuda el mercado. De ahí la buena acogida que se da a la arrogancia, la prepotencia desafiante o el cultivo de la incorrección (incluido el insulto al rival o al diferente, normalmente más débil o, sencillamente, a tiro) como si fuese un activo a potenciar per se en el liderazgo político. A la hora de la verdad, poco importará si el programa político no está sólidamente construido ni es realizable, o si fuera de cuatro ideas elementales (generalmente radicales y de profundo poder destructivo) no hay consistencia en ninguna de las materias que requieran respuestas. Más aún, se sabe o, como poco, se intuye, que probablemente lo que se vende como producto político distará de ser el milagro que se propone para los problemas cotidianos. Pero, dado que, en la percepción del potencialmente engañado, se equiparan (por abajo) las diferentes opciones en liza, al menos procederá escoger aquella que se caracterice por pegar una patada al caldero.

Quizás así se explique, entre otras muchas razones, por qué Trump es candidato a la Presidencia de los Estados Unidos por el Partido Republicano, cabalgando sobre el disparate y el exabrupto, como una verdadera máquina de contenidos en materia de entretenimiento político. Como no tiene ningún reparo en mostrarse como es, dice que «podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos»; a la vista de su éxito hasta la fecha, no le vamos a quitar la razón en ésto. Por si su sola capacidad para disolver valores comunes y poner en riesgo la convivencia democrática no fuese suficiente, se ha llevado a la campaña a Nigel Farage (recordemos, compañero del Movimiento 5 Estrellas y gente similar en el grupo «Europa de la Libertad y de la Democracia Directa» en el Europarlamento), para aprender de los que han alcanzado el éxito en su objetivo, para perjuicio de su propio país y del conjunto (en este caso de la Unión Europea). Ya que al votante dispuesto a ser embaucado no le importará en exceso, puede tomar nota del cinismo abrumador de Farage, reconociendo al minuto de la victoria sus mentiras sobre las aportaciones económicas del Reino Unido a la UE.

Tampoco olvidemos que, con nuestras variantes singulares, afortunadamente más atenuadas que el exitoso populismo anglosajón, algo de este veneno nos vamos tragando en España, cuando damos por aceptables en el juego democrático (aunque luego se discutan) determinados enunciados y propuestas que deberían generar de antemano el rechazo más frontal. Como en política española tenemos escasa capacidad innovadora en materia de estilo y somos potenciales importadores de las maneras de terceros, de esta gripe no estamos vacunados y habrá que estar alerta. 

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