Zombies con teléfono móvil


Hace unos años (cuando los móviles se llamaban celulares y sólo servían para hablar) una compañera me contó cómo en una ocasión había acudido a una cita mientras charlaba con su móvil. Cuando llegó al destino se percató de que había estado tan abstraída con la conversación que era incapaz de recordar el recorrido que había seguido; como tampoco podía decir si había transitado por la calle como una cívica peatona o, por el contrario, se había saltado en rojo sistemáticamente todos los semáforos a su paso. Desde entonces, me confesó, se negaba a coger el móvil si no se hallaba plácidamente sentada.

Hoy por hoy la situación es mucho peor. Porque el whatsapp, las chorradas móviles varias y el juguecito de moda (léase Pokemon Go) no sólo distrae a sus ensimismados usuarios, sino que ocasiona molestias a los restantes transeúntes. Resulta ya imposible transitar por la calle sin que uno se sienta como si se hallase inmerso en una carrera de obstáculos, en la que ha de ir sorteando a sujetos idiotizados ante la pantalla de su móvil mientras agitan los dedos como si su dispositivo les hubiera dado una impertinente descarga eléctrica a modo de queja. Como si se tratase de un juego de máquina recreativa de los años ochenta, para llegar a nuestro destino sin contratiempos tenemos que esquivar ejemplares para todos los gustos: un niño de apenas diez años jugando con un móvil que cuesta más que el salario medio mensual de un español; luego dos jovencitas que, en vez de charlar entre ellas, se mandan whatsapps plagados de «emoticonos» que reducen su ya de por si depauperado vocabulario; más adelante un señor entrado en años que ha cambiado momentáneamente el «sillonball» por la gloriosa gesta de cazar por toda la ciudad figuras animadas. Y, como «jefe final» de la partida, un papá que mientras porta el carrito de su futuro heredero se las apaña para hacer qué sé yo con su móvil. Luego está la superpartida que lidió mi mujer un día, cuando resultó arrollada por una mujer que circulaba en una silla de ruedas eléctrica atendiendo sólo a su móvil; por más que mi esposa trató de evitar la acometida, cada vez que se apartaba la señora la perseguía hasta que la arrinconó, embistiéndole contra la pared de un edificio. Sospecho que la señora en cuestión jugaba en su móvil con alguna aplicación mezcla de «Pokemon Go» y «Carmageddon», un antiguo juego de ordenador en el que uno de sus aberrantes objetivos consistía en atropellar a transeúntes.

El móvil se ha convertido ya en un apéndice de la mayoría de los españoles, cuyas manos con pulgares oponibles (todo un logro de la evolución) han mutado en  «gadgetomanos» con un dispositivo táctil pegado a sus dedos. A alguno se lo han intentado extirpar, pero de forma infructuosa, porque sin su adminículo había perdido la capacidad de comunicarse con sus prójimos, de orientarse por la ciudad sin la ayuda del GPS o incluso de disfrutar del entorno sin verlo a través de una pantalla mientras se autorretrataba («selfie» para los amantes de los anglicismos).

El «tecnozombie» más avezado necesita, además, reforzar constantemente su dosis de «movilina» adquiriendo nuevos dispositivos más aparatosos, más llenos de cosas inútiles y, por supuesto, más caros. Pero su naturaleza se lo exige, porque sólo así puede mantener su estado de «no vivo». Por eso, cuando la multinacional de turno anuncia que el día «x» a la hora «h» va a poner a la venta un nuevo modelo, los tecnozombies se organizan en enormes colas y esperan estoicamente durante horas para saciar su inhumano apetito.

Por mi parte, cuando acudo a comprar un móvil porque mi zapatófono ha dejado de funcionar, me hallo ante un lenguaje arcano que demuestra mi absoluta ignorancia en esas lides:

- Buenas, necesito un móvil.

- Le recomiendo el Camchung Garraquí 10.1, de 8 pulgadas, con pantalla de parafina curvilínea, procesador de doble núcleo en fila india y una capacidad de hasta trescientos asgayabytes, ampliables a doce parsecs mediante una interfaz de condensador de fluzo.

- Bueno, pero, ¿sirve para hablar con él??

- ...también se está vendiendo muy bien el nuevo modelo Mapple Infame 6, con una resolución de cuatro millones de píxeles por pulgada. Además, está a muy buen precio: apenas 3.200 euros. Aunque yo le recomendaría que adquiriese la versión Premium Ultra Deluxe Pro. Son apenas cuatrocientos euros más pero le viene el cable para la corriente eléctrica.

- Ya, pero, ¿sirve para hablar?

Pero claro, el rarito soy yo. Lo asumo. Y cuando salgo de la tienda de telefonía, sin entender ni papa de lo que me han dicho, he de esquivar a una octogenaria que corre en chándal por la calle con su móvil transmitiendo directamente a su cuenta de Facebook, para público conocimiento, sus pulsaciones por minuto.

Ahora que los responsables de la serie «Juego de Tronos» están buscando en España exteriores para rodar, no sería sorprendente que hiciera otro tanto con la serie «The Walking Dead»: zombies para hacer de extras no nos faltan.

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