Una faena de aliño


Rajoy, amante él del mundo taurino, salió ayer al Congreso a despachar el trámite con una faena de aliño, de forma apresurada y con el mínimo interés. Conocedor del resultado del debate que inauguró, se dejó llevar por la fatalidad y no hizo el esfuerzo necesario para intentar torcer el destino. Hay que apelar al menos a quienes quiere que lo apoyen, aunque sea con la abstención, y ofrecerles algo para que cambien su posición. Pero no lo hizo. El líder del PP sigue empeñado en que nadie más que él tiene derecho a formar Gobierno y que, en consecuencia, todos los demás tienen que rendirse sin más. En su particular versión de «yo o el caos», se trata de «Rajoy presidente o elecciones». Tiene razón en la necesidad de constituir un nuevo Gobierno, en que no parece que haya alternativa viable y en que ir a otros comicios sería menoscabar la democracia. Y hasta que es solo cuestión de voluntad política. Pero la voluntad no se impone, se gana. Y ese es un matiz diferenciador que Rajoy parece no entender. Debe ser él quien se esfuerce en dar motivos a los socialistas para moverse. El PSOE tiene un compromiso con millones de electores que debe respetar. Eso también es un principio democrático básico. El punto de equilibrio entre la responsabilidad con los votantes y con el conjunto de los españoles obliga a todos, y a todos por igual.

Es cierto que Rajoy ofreció todo tipo de pactos. Una manera de hacer de la necesidad virtud, de reconocer lo evidente: que no podrá gobernar sin el acuerdo con otras fuerzas. No basta con ofrecer acuerdos, hay que hacerlo de manera que sea creíble. Y ofrecer pactos sobre materias de las que nunca quiso hablar con nadie y hacerlo sin la más mínima autocrítica, sacando pecho incluso, no es el mejor camino. Al menos, evitó la acritud habitual con los socialistas, y eso ya es un avance. Pero le faltaron pasión, ganas y convencimiento. Sin eso es difícil convencer a alguien.

Una faena de aliño