En el Congreso hay dos fronteras que, salvo cambios no previsibles, son infranqueables, y que fueron obviadas por los oradores que ocuparon la tribuna con su hueca retórica. Por eso vamos camino de unas terceras elecciones, que yo propongo y fervientemente deseo.
La primera de dichas fronteras separa las estrategias del PP y el PSOE, que son los principales sujetos de la artificial polarización de la política española. Y puesto que sus causas no están ni en la concepción de España, ni en realismo político o económico, ni en la falta de tradición de diálogo y pactos, ni en los deseos expresados por sus respectivos electorados, no existe ninguna posibilidad de salvar el abismo de desprecio, envidia y odios africanos que separa a Rajoy de Sánchez, aunque haya que reconocer que Rajoy tendió más puentes que Pedro Sánchez, y tiene menos motivos para envidiar a Sánchez de los que se vislumbran en la relación inversa.
Si el programa fuese un condicionante esencial, y tuviese bases objetivas, no hubiese sido posible el chalaneo de Rivera, que primero se enamoró de uno y después del otro, sin fiarse de ninguno y sin renunciar a manejarlos a los dos mediante aviesas maniobras pactadas con las hipotéticas oposiciones. Y que en España solo hay una forma de gobernar la salida de la crisis lo saben todos también: Rajoy y Rivera porque son genéticamente liberales; Sánchez porque tiene conexión ideológica con Hollande, que también prometió paraísos a tutiplén antes de copiar al pie de la letra los decretos de Rajoy; e Iglesias porque conoce a Tsipras, que primero se puso divino frente a Europa y después tragó más chatarra que un tiburón adoecido.
La segunda frontera es la que separa la posición del PP -que sigue aceptando el modelo constitucional de la transición- de las aventuras propuestas por la nueva política -Podemos y Ciudadanos- y los independentistas de diversa especie, que, conscientes de que ya no pueden vencer a los clásicos atacando de frente, intentan asaltar el poder en dos tiempos: primero el caos y después el cambio. Por eso conviene saber que Podemos y C’s coinciden en la finalidad de sus diferentes y sutiles bloqueos, y que esta estrategia del caos, que antes parecía imposible, puede triunfar porque el PSOE, que ya no cree en su capacidad de competir con el PP, se apunta también a la tesis de los dos tiempos, con un caos instrumental.
Por eso no fue posible, ni ayer ni mañana, una mayoría fiable, capaz de evitar las terceras elecciones en Navidad y las cuartas el Viernes Santo. Salvo que el PSOE despierte de su letargo, destierre a Sánchez a las playas de Granada, y restituya -¡con perdón!- la vieja política. Porque en este absurdo bucle en el que hemos caído lo normal y lo imposible se tocan. Y podemos entrar, casi sin enterarnos, en cualquiera de los dos supuestos.