Responsabilidad, respetabilidad... desconfianza


No fue un debate, sino una sucesión de monólogos. Nuestros líderes políticos han convertido el Parlamento, que debería ser espacio privilegiado para el diálogo constructivo, en un teatrillo en el que cada uno acude a escenificar su posición. No buscan puntos de encuentro sino formas de autojustificarse. Un diálogo de sordos en el que se juega con las palabras y se las vacía de contenido para intentar engatusar a los españoles, no para resolver sus problemas. Unos apelan a la responsabilidad; otros, a las respetabilidad; y, todos, a la confianza. Pero cada uno las define a su manera y a menudo más como parapeto que como herramienta para el entendimiento. Rajoy apeló a la responsabilidad y los demás le respondieron exhibiendo su desconfianza en el candidato. Y uno de quienes enarbolaron con más energía esa bandera fue Albert Rivera, que da al PP con una mano lo que le quita con la otra. Como un equilibrista en el alambre. Sánchez, como Iglesias, apela a la respetabilidad. Pero para hacerse respetar no basta con mantenerse en la posición de siempre. La coherencia mal entendida, aquella que no tiene en cuenta la realidad, se convierte en inmovilismo y a menudo lleva al desastre. Para ser respetado hay que ser responsable, y eso requiere situar los intereses generales por encima de los particulares. Sánchez es esclavo de sí mismo. La trinchera que cavó para defenderse tanto de Podemos como de sus propios barones puede convertirse en su propia fosa. Puede intentar, para justificarse, el paripé de una alternativa imposible con Ciudadanos y Podemos, porque con los independentistas él mismo la ha descartado. Pero cuando fracase volverá el dilema: abstención o nuevas elecciones. Y retrasar lo inevitable es tan irresponsable como poco respetable.

Responsabilidad, respetabilidad... desconfianza