¿De verdad quiere Rajoy ser investido?


La pregunta la formuló un diputado de Ciudadanos tras escuchar el discurso -plúmbeo, burocrático, desganado, con aire de fastidio- pronunciado el martes por el candidato del PP: ¿De verdad quiere Rajoy ser investido presidente? Estoy convencido de que no. Todavía no. Por eso no se esfuerza, más allá de cumplir el ritual y cubrir malamente el expediente. Tampoco tiene prisa: cree que el tiempo juega a su favor y que, a fin de cuentas, sigue siendo el presidente, aunque sea con algunas facultades mermadas. Él desea nuevas elecciones y no cejará en el empeño de recuperar la confortable mayoría que el pueblo le dio en el 2011 y le arrebató el 20D, pero jamás lo dirá. No lo reconocerá ni sometido al potro de tortura. Al contrario, sabe que el éxito de su empresa pasa por ocultar sus intenciones y culpabilizar a los demás del bloqueo. Convencernos de que España está en peligro y de que los otros, especialmente los antipatriotas de Pedro Sánchez, no le permiten salvarla. 

La estrategia de Rajoy tiene dos ejes: presentar unos terceros comicios como una catástrofe nacional y presentar al PSOE como responsable de esa catástrofe. Parece a primera vista una estrategia descabellada, más por lo segundo que por lo primero, pero le funciona. Bien es cierto que el candidato del PP cuenta con dos aliados de excepción. En primer lugar, el hastío de la gente, simbolizado en la expresión más socorrida estos días: ¡va a votar su madre! Y en segundo término, el fenomenal respaldo de la caterva mediática, dedicada casi exclusivamente a zurrarle la badana a Pedro Sánchez -el bandido que pretende robarnos la Navidad- y a demostrar por qué el partido perdedor debe rendirse incondicionalmente y hacerle el paseíllo a Rajoy. Manda truco, ¡cómo se escribe la historia!

Sea como quiera, Rajoy va ganando. Y lo sabe. Cuando mañana los titulares anuncien su fracaso en la sesión de investidura, no hagan caso. De fracaso, nada. Rajoy ha desmontado sin despeinarse a Ciudadanos, el partido que a hurtadillas le sisaba votos de su granero. La marca blanca del PP se ha pringado y las ovejas descarriadas volverán al redil original, del que se habían fugado únicamente por el hedor de la corrupción. La familia de la derecha volverá a reunirse en Navidad y Rajoy tendrá, al pie del abeto, más regalos que el 26J. Y Albert Rivera, que se apunta a un bombardeo -un concurso televisivo, un pacto a tres o a veintitrés, cualquier cosa menos otras elecciones-, andará por las puertas cantando villancicos.

Con el PSOE, Rajoy se empleó con sumo cuidado. Si realmente quiere nuevas elecciones, no conviene excederse: no vaya a ser que Pedro Sánchez se desmorone -o lo desmoronen- y Rajoy se encuentre en las manos con un Gobierno en precario y de escaso recorrido. Castigo, el justo, para que el PSOE llegue debilitado, pero vivo, a la nueva cita con las urnas. Eso pretendía la zanahoria de la financiación autonómica que ofreció a los barones socialistas: meter el dedo en el ojo, pero sin matar.

¿De verdad quiere Rajoy ser investido?