El cielo puede esperar

OPINIÓN

04 sep 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Supongo que soy de esos izquierdistas trasnochados que piensan que al PSOE, ni agua. Oigo PSOE y automáticamente pienso en el GAL, en la OTAN, en la reconversión industrial, en la Ley Corcuera, en la reforma del 135 CE, en la Ley de Partidos, en los insumisos presos, en los sindicalistas presos, en las puertas giratorias, en la religión en las escuelas, en la sumisión a la monarquía, y todo eso sin necesidad de prestar atención a Felipe González en su ultimísima faceta de capo di tutti capi. Lo confieso: yo soy el que aplaudió cuando Pablo Iglesias dijo aquello de la cal viva. Lo hice: aplaudí mentalmente y acto seguido me mandé a mí mismo al rincón de pensar.

La conclusión a la que llegué es que los parlamentos no son lugares que deba frecuentar la gente como yo. No por nuestras ideas políticas, sino por nuestras pasiones políticas: en todo introducimos un elemento sentimental que viene muy bien en estados de excepción democrática pero que choca frontalmente con el sentido de la oportunidad y hasta con el sentido común. Pero entiendo que Pablo Iglesias tenga que hacer guiños a la gente como yo / como él. Es justo y necesario: tras la promesa de asaltar los cielos, quedaba raro convertirse en la botella de oxígeno del PSOE sin mostrar algún signo de repugnancia psicosomática. ¿Dónde quedó aquello de que el cielo no se toma por consenso? Pues estará haciendo compañía a la ventana de oportunidad desde la que lo contemplábamos.

Cierto, nadie en la nebulosa Podemos deseaba una situación en la que el único papel que tocara representar fuese el de una Izquierda Unida con anabolizantes: muleta del PSOE, aunque muleta robusta. Pero es que no hay otro, y no podía haberlo desde el día en que el discurso de Podemos hizo hueco a expresiones como «patria», «socialdemocracia» y «responsabilidad de Estado». Ahora hay pocas alternativas, y no, la melancolía no es una de ellas: o se desmonta el chiringuito y se vuelve a montar, procurando esta vez que los cimientos sean estables, o toca gestionar la domesticación del populismo como se gestiona, desde hace siglos, la del perro, dejándole correr y ladrar de vez en cuando para que se desahogue y no rompa cosas, pero que obedezca cuando toca (o que mande obedeciendo, que tanto me da que me da lo mismo).