Fuegos


Todos los años por estas fechas recibo llamadas de los medios de comunicación para preguntarme lo mismo: ¿qué recomendaciones daría para superar el síndrome posvacacional?, y ¿son enfermos mentales los que queman los montes? La reiteración resulta cansina, pero no por ello dejo de insistir en lo mismo: el síndrome posvacacional es una farsa que solo se da en la escasez de noticias y en el imaginario de una sociedad blandita y neurótica a la que le encanta psiquiatrizar la vida cotidiana. Cotidiana para quienes pueden irse de vacaciones, claro está.

La segunda cuestión es más compleja, porque los que incendian el bosque pueden ser muchas cosas además de enfermos. En psiquiatría, la piromanía es una enfermedad descrita hace más de tres siglos por la escuela francesa. Actualmente, los manuales de clasificación americanos -esa biblia de los malestares de vivir que acaba considerando como enfermedad el trastorno de atracón por chocolate- clasifica la piromanía como un trastorno del control de impulsos semejante a la cleptomanía o la dipsomanía, consistente en un impulso incontrolable para quien lo padece.

Pero una cosa es un pirómano y otra, un incendiario. Los pirómanos tienen un problema mental y los incendiarios tienen una mente problemática. El placer de la contemplación del fuego es universal y basta sentarse frente una chimenea o una lareira para comprobarlo, pero también existe un placer, un plus de goce en el fuego, que consiste en apagarlo. No es extraño encontrar bomberos pirómanos. Sentir arder el fuego, ya sea real, artificial, del deseo o de la pasión, embelesa tanto como extinguirlo; hechiza y sorprende tanto el crepitar de las llamas como la paz de las cenizas.

Freud fue el primero en darse cuenta de esto y el primero en explicar el saber popular que asegura a los niños que si se juega con fuego te haces pis en la cama. Hay más autores que relacionan el fuego con la orina: el psiquiatra criminólogo neozelandés MacDonald describe la siguiente tríada de rasgos comunes en los asesinos en serie: piromanía, enuresis -hacerse pis en la cama- y maltrato animal.

También existen culturas en las que está prohibido orinar sobre el fuego, de modo que ambos elementos parecen tener una relación grabada en el inconsciente colectivo. Teniendo esto en cuenta, no estaría de más investigar antecedentes de este tipo en la historia de los sospechosos de hacer arder el monte.

Luego están los incendios espontáneos producto de la naturaleza, los descuidos, los intereses oscuros, el dinero, las venganzas, los cabreos, las cafradas y algún que otro retrasado mental o psicótico descompensado que no calibra lo que hace.

El fuego es así, se deja querer por quienes no le tienen miedo.

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