Los indoctrinables


No son «Lobos Solitarios» son excluidos, hijos de la segunda generación de inmigrantes que pueblan los barrios marginales. De ellos se ha escrito e investigado hasta la saciedad a través de numerosos estudios sociológicos, advirtiendo que de no abordar su situación serían y son una auténtica bomba de relojería, que a la postre estallaría en todo el occidente presuntamente desarrollado.

Habitan los banlieu más inseguros, Molenbeek puede ser un buen ejemplo, pero la periferia de las grandes capitales europeas está repleta de territorios degradados como este. En países donde el desempleo apenas alcanza cotas del 7% o inferiores, el desempleo, la exclusión social y la pobreza alcanzan en estos ghettos cuantificaciones astronómicas cercana al 50% o más.

Viven en las cloacas de las grandes urbes del centro de Europa, allí donde se arracima la miseria en condiciones infrahumanas, con tasas brutales de fracaso escolar, ocupando infraviviendas, con una empleabilidad más que precaria, donde se dan las tasas de criminalidad y delincuencia más altas y donde el tráfico y el consumo son el pan nuestro de cada día. Tráfico y consumo que son, no lo olvidemos, negocio y adormidera de intereses de mafias perfectamente incardinadas en el sistema.

Ningún trabajo intercultural desde los años 60, las autoridades ausentes de su responsabilidad pese a que, de vez en cuando y cada vez con mayor frecuencia, estallan conflictos frente a una vida irrespirable, sólo respuestas policiales contundentes.

Hemos asistido en los últimos años a las hogueras virulentas de los estallidos sociales, París y Londres ardieron con frecuencia en los últimos años, nadie hizo nada.

En estos contextos prenden con fuerza pues identificaciones de pertenencia, basta un discurso inflamante desde cualquier espacio comunal frecuentado por ellos o a través de las redes, para dirigir la orden de matanza con una enorme disposición a la inmolación.

¿De qué sirve vivir si uno puede convertirse en héroe por mártir? Si uno puede cobrar el débito de una generación segregada y de paso vengar las afrentas que sufrieron sus padres, abnegados trabajadores que contribuyeron, desde su explotación a la grandeur de la que tanto presume una Europa donde, además, los valores religiosos del Cristianismo y el Protestantismo y especialmente de este (Luteranismo y el Calvinismo han tenido de siempre componentes excluyentes) o de un laicismo mal entendido se acomodan con fuerza.

Allí, en los antiguos barrios comunistas y socialistas, prenden con virulencia las ideologías más radicalmente fascistas, larvadas en años de hacinamiento. Son sus vecinos nacionales arracimados en las mismas condiciones de miseria quienes votan a la extrema derecha. El discurso del miedo hábilmente manejado por los intereses de mercado es el común denominador de una Europa que olvida con frecuencia su historia reciente.

Allí, donde cualquier Imán descerebrado tiene el campo abonado del reclutamiento. Allí donde se sufre el más estricto cercenamiento de los derechos fundamentales, donde las mujeres se han convertido en sujetos cosificados ausentes de condición humana condenadas al ostracismo más abyecto de su propia feminidad.  

Hemos dejado que el miedo al diferente se atrinchere en la mente obtusa de los abandonados por la globalización económica. No hemos bajado a la calle, donde prenden las hogueras de la injusticia, a trabajar por sus derechos.

Ningún trabajo con los niños y las niñas y los jóvenes de toda condición que  se mueren de exclusión en los bordillos y en los portales. ASÍ NOS VA.

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