Verdad y satisfacción en tiempos de derrumbe del periodismo


Probablemente uno de los momentos más recordados de Juego de Tronos sea el del combate de Víbora (príncipe Oberyn) con Montaña (Sir Gregor Clegane). Lo que nos importa de ese combate es que era parte de un juicio formal. Un contendiente luchaba por la acusación y otro por la defensa y se entendía que los dioses no permitirían perder al justo, por lo que el resultado del combate determinaba si era culpable o inocente el acusado. Así de simple: el más fuerte tiene razón. Cosas de Juego de Tronos. Syriza llegó al poder en Grecia bramando contra los gobiernos anteriores y enfrentándose a las condiciones que la Troika le imponía para el pago de la deuda. Syriza quería una cosa y los mandamases de Europa querían otra. Los mandamases fueron más fuertes y Syriza tuvo que hacer lo que le mandaron. En aquel julio de 2015 los partidos «clásicos» propalaron a voces que se había demostrado quién tenía razón. Resulta que no eran cosas de Juego de Tronos. Si la Troika era más fuerte, entonces tenía razón, no iban los dioses a dar la fuerza al injusto. La evolución del PSOE entre enero y julio de aquel año es digna de la famosa serie. En enero felicitó al pueblo griego y proclamaba, contra el PP, que la victoria de Syriza era el principio del fin de las políticas de austeridad en Europa. En junio, habiendo los dioses mostrado su criterio, proclamaba, con el PP y contra Podemos, que el final de la austeridad era demagogia y populismo. Los dioses le habían mostrado el camino y el verdadero enemigo. Y a partir de ahí, cuando en Grecia se hace la política que la UE exigía y Syriza no quería, se presentan los estragos de esa política como lo que Syriza quería y lo que Podemos haría aquí si le dejaran. Y es el que el baile de la verdad y los hechos es movidito.

En 2011 Elsa Fornero rompió a llorar cuando anunciaba a Italia las medidas de austeridad que el Gobierno iba a tomar. Poco después, en 2012 Rajoy anuncia en el hemiciclo más o menos lo mismo. Pero, en vez de llorar, cada frase era respondida con aplausos entusiastas por los miembros del PP y Rajoy decía eufórico entre vítores que «harían más, mucho más». Cuando dijo que iba a bajar la ayuda a los parados, Andrea Fabra ya no pudo más y gritó, transida de fe y como en trance, «que se jodan». No se trata de que lo que hacía llorar a Fornero hiciera troncharse de risa a la bancada del PP. Es que Elsa Fornero y Rajoy no decían lo mismo, decían lo contrario. Los hechos eran los mismos, pero decían lo contrario. Obviamente, uno de los dos mentía.

Por supuesto que la lista de mentiras en la vida pública es interminable y no es un fenómeno nuevo. La más dolorosa y la más conmovedora por su alevosía y por su carga de insensibilidad fue aquella teoría de la conspiración que pretendía dejar sueltos a los autores del horror del 11 M, fingiendo que aquellos crímenes eran de ETA y delirando que nuestra policía era cómplice. La patraña se montaba sobre patrañas: ETA quería apartar al PP del poder porque era el único que le hacía frente, Zapatero era medio simpatizante de la banda y la policía era socialista. Y aún hoy mantienen la infamia los interesados: Aznar, Zaplana, Rouco Varela? Inolvidable fue también aquella mentira, otra vez de Aznar, que promovió una guerra y que nos metió en ella. Y hay muchas otras menores, por coyunturales. ¿Qué fue de aquella investigación que iba a hacer el parlamento venezolano de la financiación de Podemos? La prensa que lo propaló ya no dice nada y uno anda perdido en este asunto.

Pero creo que hay dos novedades en este baile de los hechos y las verdades. Una es que ahora todos colaboramos con la difusión de las mentiras. Y la otra es que ahora no hay periodismo que nos proteja de la divulgación de las mentiras. Sin complicaciones filosóficas, y en el sentido más normal del término, la verdad es la conformidad de lo que uno dice con lo que ocurre. Si digo que es jueves, y es jueves, mis palabras son concordes con los hechos y son verdaderas. Subrayo la palabra «conformidad» (o sinónimos como «consonancia» o «concordancia»), porque lo que nos provoca el cosquilleo de haber oído una verdad es la conformidad, encaje o buena armonía entre dos cosas. En el caso más honesto, ese encaje es entre lo que dicen las palabras y los hechos que ocurren. Pero no necesariamente. Con que haya conformidad y armonía, ya hay cosquilleo. Y muchas veces la conformidad es entre lo que las palabras dicen y el estado emocional de quien escucha, no los hechos. Para complicar más las cosas, esa conformidad o roce placentero puede ser de baja intensidad, incluso el puro contacto. Si estamos en Moscú y vemos en el informativo una imagen de la playa de Gijón, los que seamos de la villa nos miraríamos inmediatamente con complicidad. Si alguien nos dice que se murió su padre, le pondríamos la mano en el hombro. Ese contacto leve es un esbozo de la experiencia subjetiva de la verdad, ese roce o conformidad entre dos cosas que produce satisfacción o consuelo. Un poco más que el mero contacto, pero no mucho más, es el «me gusta» que ponemos en Facebook, que indica sintonía y conformidad entre lo que alguien dijo y nuestro ánimo. Y por ahí se cuelan frases disconformes con los hechos, pero conformes con los estados emocionales. Son falsedades que armonizan bien con nuestro ánimo y provocan ese cosquilleo fraudulento que no viene del buen roce de las palabras con los hechos. Esa reacción placentera provoca el «me gusta» con el que colaboramos a sentar como hechos cosas falsas o especulativas. Si, por ejemplo, leemos que Michel Moore dice que Donald Trump no sabe cómo salir de la campaña, porque realmente quería agitar pero no ser presidente y mucho menos perder las elecciones, el cuerpo nos pide divulgar ese dato. En realidad, sólo es algo que dicen que dijo Moore y ni siquiera sabemos en qué se basa, pero encaja tan bien con la emoción que nos suscita Trump, que en los primeros segundos sonreímos y, con el mismo pronto que nos hace sonreír, el dedo se va al «me gusta», compartimos y divulgamos. Los algoritmos de Facebook se encargan de poner ante nuestros ojos lo más afín a nosotros y hacernos sentir continuamente ese cosquilleo de la conformidad, tan satisfactorio cuando la conformidad es con los hechos como cuando es con nuestro ánimo.

La segunda novedad ya es sabida. En el periodismo se perdió un porcentaje altísimo de puestos de trabajo, nadie sabe cómo hacer negocio con la prensa digital (los ingresos por publicidad son para Google y Facebook), los profesionales son más precarios y tienen la presión del número de marcas digitales que dejen los lectores. El empuje de la red social hace que cada vez la prensa tenga cada vez menos reparos en difundir cualquier cosa y la baja o nula rentabilidad de los medios hace que cada vez sean menos independientes. El adelgazamiento de la profesión periodística que media entre la gente y los hechos es como si perdiéramos a los docentes que median entre la gente y el conocimiento o a los médicos que median entre la gente y las artes curativas. Una desgracia.

Nunca la mentira continuada fue tan impune como ahora, nunca fue más fácil instalar en la vida pública mentiras continuas y nunca fueron tan burdas y cerriles estas mentiras. Sin el debido y honesto tratamiento informativo profesional que convierte a los hechos brutos en noticias divulgadas, nuestros estados emocionales se enfrentan indefensos y como sin piel a todo tipo de patrañas, campañas de cucharón y simplezas. Pensar en unas terceras elecciones me da tanta dentera como morder un bocadillo de hielo con pan duro, pero no por los gastos ni la fatiga de los mensajes de propaganda. Lo que más aspereza me da es aguantar otra vez viajes de Rivera a Venezuela, cifras manipuladas de economía, chismes de portera sobre Errejón o Garzón, lecciones de historia tuneada de Felipe González o llamamientos de Cebrián llenos de alcanfor a la altura de miras y al espíritu de la transición. Menudo coñazo.

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