En la España pluralista, multipolar y polimorfa que estamos creando, lo primero que hemos conseguido -¡y a nadie debería sorprenderle- es la absoluta incapacidad para entendernos. Y no porque nos hayan cambiado los genes que pactaron la transición y elevaron el consenso a la categoría de sistema, sino porque, ante la necesidad de abrir sucesivos frentes que refuercen la identidad y la idiosincrasia de cada líder, cada grupo, cada ideología, y cada posición, hemos desarrollado mucho más los rechazos que las filias, y, a la hora de llegar primeros a la meta, siempre confiamos más en las debilidades e infartos del adversario que en la fortaleza y en el adiestramiento de nuestros músculos.
El mejor ejemplo es Rivera, que además de descalificar al PP por la corrupción y a Podemos por el independentismo y el populismo, y de pactar primero con el PSOE contra el PP y después con el PP frente al PSOE, hizo un discurso bifronte -¡y espeluznante!- en la fallida investidura de Rajoy, cuya esencia consistía en pactar con el PP el Gobierno y con el PSOE la oposición, o en conformar un Gobierno que no pudiese gobernar, para confiar en que una dictadura parlamentaria, armada con un contraprograma, nos saque las castañas del fuego y regenere el país.
Pero los nacionalistas -de izquierdas y de derechas, constitucionalistas e independentistas, y los que se reconocen y presentan como tales o se camuflan en Podemos- tampoco se quedan cortos. Porque, sintiéndose legitimados para subir a la tribuna «a pedir por esa boca», se muestran insolidarios con todo lo que no sea suyo, ponen lo suyo como condición para todo, y no se consideran comprometidos con ningún objeto político que no responda a su imaginario nacional.
Los de Podemos -analizados esta vez al margen de sus confluencias- tampoco se quedan atrás, ya que, mientras dirigen su discurso a una nación jibarizada, compuesta solo por gente indignada, insatisfecha y populista, esperan del PSOE, que fue el gran creador de esta España trufada de corporaciones industriales y financieras surgidas al abrigo de la europeización económica, que les ayude a volver cuarenta años atrás.
Y Sánchez, finalmente, que quiere ser presidente sin votos, sin aliados, sin postularse y sin romperse ni mancharse, también inicia rondas de parloteo con todos como si fuese el rey, para poder manejar toda la información a su favor. Sánchez es, por supuesto, el falabarato que lo enreda todo. Y para eso ha erguido la teoría de que en democracia es muy bueno hablar, aunque sea de nada, para nada, por nadie y con nadie. Es lo que se llama «hablar por hablar», que en gallego -«falar por falar»- suena más estúpido aún. Pero ahí es donde estamos. Y de donde no vamos a salir, me temo, mientras el pueblo ejerza su derecho a votar por votar. Es decir: votar para esto, para nada.