La peste del sectarismo


Si algo nos demuestra el sinsentido que vive este país desde las penúltimas Elecciones Generales es que la cultura del sectarismo político ha arraigado con hondura hasta el punto de condicionar la marcha de nuestras instituciones y, si esto sigue así, el ambiente social, que se debate entre el contagio y el hastío. Si examinamos con un poco de visión crítica el pasado reciente, el campo estaba perfectamente preparado para que, con las condiciones idóneas (entre ellas la aritmética electoral), cristalizase esta dinámica dominada por el resabio inquisitorial, la invectiva permanente y la incapacidad para construir entendimientos más o menos consistentes entre fuerzas dispares. En este contexto, transigir razonablemente, pactar sin abusar del tacticismo y encontrar en otros grupos a interlocutores con posturas legítimas dispuestos a un diálogo serio, se ha convertido en una quimera, por miedo a parecer débil, a la acusación de traición o a ser desplazado por quien aparezca como representante más genuino de ideas supuestamente irreductibles.

El éxito de la conducta sectaria tiene que ver, entre otros motivos, con la costumbre adquirida y cada más extendida de confundir contraposición de intereses con banderías. Claro que cualquier propuesta política tiene, en su fundamentación y en su práctica, una relación estrecha con unos u otros intereses, prioridades y valores. Y que dicha contradicción, si nos ponemos clásicos, puede ser incluso antagónica. Pero si admitimos como principio que, para progresar colectivamente y evitar despeñarnos en enfrentamientos, es necesario articular una convivencia cabal entre opciones diferentes, bajo unas reglas de juego respetadas y en un marco común aceptable, no tiene sentido refugiarse, por fundamentalismo o por oportunismo, en posiciones que niegan el pan y la sal al otro. Los cordones sanitarios y el aislamiento consiguiente es una medida extrema a aplicar a quien decididamente pretende acabar con las bases últimas de la democracia, y no se debe invocar ni practicar a la ligera. No se puede atribuir a intereses espurios cualquier divergencia y tampoco servirá de mucho teorizar la discrepancia a la mínima de cambio, ni pretender construir de cada confrontación una historia maniquea. Sin embargo, para encontrar sustento a las distintas negativas que hemos visto desde diciembre y al acérrimo inmovilismo personal de algunos protagonistas (el PP claramente tendría más oportunidades de obtener la investidura de un candidato distinto de Rajoy), se acude con ligereza a justificaciones que alientan esta forma de comportamiento intransigente y de demonización del contendiente, al que, como mucho, se le perdona la vida (la vida política, se entiende).

Como el motor de las democracias parlamentarias no sólo es la voluntad de la mayoría surgida de las urnas (dentro del respeto a las leyes y a la división de poderes), sino también, cuando el escenario es fragmentario, la capacidad de las distintas minorías para configurar combinaciones en las Cortes y constituirse en mayoría con cierta solidez, el resultado es que la avería al sistema es grave y, por cierto, puramente endógena, conectada con las deficiencias de los partidos. Si la alternativa pasa sólo por repetir elección tras elección hasta recomponer una mayoría absoluta o cercana a este umbral (que, además, presumiblemente sería del PP, sin necesidad de regeneración alguna y con un candidato que debería darse por amortizado), el problema es mayúsculo porque la enseñanza sería nítida: la cultura política española, aquí y ahora, sería incompatible con la complejidad y la única relación posible entre el Parlamento y el Gobierno sería la de la sumisión del Legislativo como comparsa del Ejecutivo.

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