Si la política fuese una montería, como la caza y despedazamiento del zorro en las campiñas inglesas, esta España de mis amores estaría disfrutando -en los dos últimos años- del mejor momento social y político posterior a la transición. Lo malo es que en la hipótesis muy plausible de que la política no sea una cacería, y de que debamos medir su utilidad y su éxito en función del orden económico y jurídico que sustenta, del bienestar social y personal que genera, y de la capacidad de transformación y modernización del país que le están encomendadas, la política española de hoy es un asco, y no solo por su parálisis institucional y su esterilidad social, sino porque estamos acabando con la credibilidad y fiabilidad del sistema y con la cultura política, ejemplar y exitosa, heredada de la transición.
Como cazadores -digámoslo pronto- no tenemos precio. Y en poquísimo tiempo hemos cepillado alimañas tan peligrosas como Chaves, Griñán, Besteiro, la infanta Cristina, media Valencia, el concello popular de Santiago, Pujol, el obispo de Mallorca, el alcalde de Granada, la vicepresidenta de Castilla y León, Soria, y una infinidad de alcaldes, concejales y ejecutivos técnicos de nivel intermedio cuyo nombre no recordamos y cuyos delitos fueron ya borrados por la brisa mediática. También hemos cazado, con toda seguridad, algunas piezas venenosas -Bárcenas, Granados, Gürtel, Pokémon, Palau, y cosas así-, que han asentado sus efectos ya irreversibles sobre presunciones reversibles, y que, por su propia y diversa naturaleza, definen un batiburrillo de asuntos gravísimos y puñeteras banalidades, o de grandes delincuentes y grandes pardillos que, sirviendo eficazmente a la tarea de acumular trofeos no comestibles, no aportan nada a la regeneración de un país -gente incluida- que utiliza la lucha contra la corrupción para la competición política, pero no para lavarse.
Mientras tanto, el Gobierno está en funciones. Y el Parlamento se está convirtiendo en una cueva de vagos impresentables que en el plazo de un año y dos legislaturas no han servido para nada, y que, más allá de ser una institución estéril -que sería un mal menor-, son un fato de inútiles haciendo el payaso. Ni presupuestos, ni compromisos con la Unión Europea, ni planes para fortalecer las pensiones, ni abordaje de la secesión catalana, ni poner en orden el modelo educativo, ni hablar del paro, ni participar en el debate de las políticas internacionales. De política nada de nada. Pero en solo una semana hemos cazado tres piezas mayores -Soria, Barberá y la vicepresidenta de Castilla y León-, y hemos dejado malherido al casi imprescindible ministro De Guindos. Un balance maravilloso para quien piensa que la felicidad crece en el yermo, y que la especie de los políticos tiene que ser controlada como las avispas asiáticas. ¡Qué desgracia!