¿Platas que saben a oro?


Llega septiembre y empezamos el nuevo curso. Nuevo en teoría, porque algunas cosas siguen estancadas, véase el tema de la gobernabilidad, que parece el inicio de una partida de parchís en la que ningún jugador saca un cinco. O, a este paso, una partida de Trivial en la que se vuelve una y otra vez a la casilla de «volver a tirar dados», evitando responder una pregunta. O, quizás, un día de la marmota en que todos seamos Bill Murray, pero sin Andie Macdowell y sin pronósticos meteorológicos, más bien con presidentes de mesa, urnas y votaciones una y otra vez.

El caso es que llega septiembre tras un verano olímpico (y paralímpico). Volvemos a rutinas, y volveremos, desgraciadamente, a hacer caso omiso de deportes con los que mostramos inusitado entusiasmo durante la cita olímpica. Yo también, claro, y el que vaya a seguir la Copa del Mundo de Bádminton, o la Copa de Europa de piragüismo en aguas bravas, que tire la primera piedra. Pero bueno, independientemente de que esto suponga una pequeña hipocresía de la que participamos la mayoría, no deja de ser positivo que quienes se dedican a deportes que no están normalmente en la picota pública tengan, al menos, un poco de reconocimiento mediático y social cada cuatro años. Al menos un poco. Y porque además si no existieran los Juegos Olímpicos como escaparate de estos deportes, quizás ni tan siquiera habría medidas para que quienes se dedican a ellos puedan entrenar debidamente, como ciertos programas de becas (por más que no lleguen ni de lejos a toda la gente que podría merecérselo, ni en la cuantía que sería deseable, pero ése es otro debate).

Todas las personas deportistas que hemos aplaudido este verano son -independientemente de su deporte y repercusión- esforzados ejemplos de lucha por la victoria, que sueñan con ese oro olímpico, por el que luchan cada día. Hoy mismo están luchando por él, entrenándose en el anonimato mientras yo escribo esto. Y de ahí nace uno de los tópicos más oídos durante los juegos, esas retransmisiones en las que se habla de una «plata que sabe a oro». Esos titulares que justifican lo amargo de una derrota tratando de equiparar la plata, e incluso el bronce, con un oro, con una victoria. Entiéndaseme, no quiero quitar mérito a esa gente que ha logrado una medalla olímpica, o un diploma, que se ha esforzado al máximo dentro de sus posibilidades y ha obtenido un resultado del que poder enorgullecerse. Pero estoy seguro de que toda esa gente participó para ganar y que eso de que la plata sepa a oro no deja de ser un artificio periodístico con el que difuminar su verdad, que a lo que aspiraban era a un oro que, sí, sabe a oro.

No me imagino a Pau Gasol contento con su bronce, ni con las platas de anteriores juegos, porque a lo que saben es a plata, y su objetivo era el oro. No me imagino a las chicas de la gimnasia rítmica creerse que han ganado porque su plata pudiera saber a oro. No me lo imagino, y no porque no tengan claro la parte de éxito que supone su resultado, sino porque tienen más que claro que el triunfo es el oro y que la plata no lo es. Porque es por lo que luchaban, y a lo que aspiraban.

No me imagino tampoco, saliendo de la arena olímpica, a Valverde y Purito, en el mundial de ciclismo de Florencia, contentos porque su plata y su bronce pudieran saber a oro. Ni siquiera porque entre ambos la selección española tuviera dos medallas, más que nadie. Porque ni así cambia el sabor. Porque solo el oro sabe a oro.

Decir que la plata sabe a oro desvirtúa el propio valor de la plata, asumiendo que ha de compararse con el escalón superior para encontrar su importancia (en vez de tomar la base del esfuerzo propio). Pero, sobre todo, desvirtúa el esfuerzo de quien se lo dejó todo por el oro. De quién sabía que su objetivo era ese, y no trata de encubrir con excusas no haber llegado al oro.

La plata no sabe a oro. Aspirar a la plata es salir derrotado, y siendo ése tu objetivo solo se consigue que, posiblemente, acabes quedando hasta fuera del podio.

Conformarse con el sabor de la plata, haciendo creer que sabe a oro, es engañarse a uno mismo, y querer engañar a los demás. Es no valorar tu esfuerzo, ponerle límites que hacen que no progreses. Y es también un muro que no te permitirá analizar con objetividad tu participación, lo que has hecho bien y, sobre todo, aquello en lo que has fallado, lo que necesita ser revisado. Porque si te conformas con la plata (o con el bronce) no sabrás qué es aquello en lo que debes mejorar para lograr el triunfo.

Y como todo apunta a que en diciembre tendremos un nuevo pódium electoral, a uno le asalta una duda: a ver qué metáforas usan los comentaristas? y los participantes.  

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