Entre los espectáculos más patéticos que cabe contemplar está el de un prestidigitador al que no le salen los trucos, los naipes se le caen de las manos y sus trampas quedan al descubierto. Alguien que, acostumbrado a manipular a los demás, controlar sus emociones y revestirse de un aura casi mágica, acaba convertido en un bufón que provoca la risa cuando sus mañas dejan de funcionar. Algo de eso se pudo contemplar ayer en Madrid cuando Artur Mas y sus conmilitones independentistas trataron de reeditar en las calles de la capital el auto sacramental que acostumbran a representar en Cataluña cada vez que uno de ellos tiene que responder ante la Justicia por casos flagrantes de corrupción o por saltarse la ley a la torera.
Declaraba ante el Tribunal Supremo Francesc Homs, portavoz de Partido Demócrata Catalán (marca que sustituye a la de CDC, hundida en un pozo de corrupción), acusado de desobediencia, prevaricación y malversación de fondos públicos como responsable de la ilegal consulta independentista celebrada en Cataluña el 9 de noviembre del 2014. Homs, Mas y los suyos recorrieron el camino hacia el tribunal como una procesión que acompaña a un mártir al que aguarda la hoguera. Pero, en lugar de los vítores ciudadanos que suele provocar este numerito en las calles de Cataluña, esta santa compaña soberanista solo provocó el silencio de los atareados viandantes y la chufla de algún curioso ante la solemnidad que la estrafalaria comitiva pretendía dar a algo tan sencillo como que un acusado responda ante un juez por sus presuntos delitos.
Traspasada la puerta del Supremo, Homs constató también que, al contrario que a los jueces y fiscales catalanes sometidos a la permanente presión de las huestes independentistas, al alto tribunal no le impresionó nada su tropel de bravatas para justificar lo injustificable: «Esto es un proceso político», «mi sentencia ya está dictada», «la fiscalía es el brazo armado del PP». Ni tampoco las falacias de Artur Mas: «Lo que está en juego es la democracia, no la independencia». A los jueces solo les interesaba ayer determinar si Homs desobedeció conscientemente la prohibición del Constitucional de celebrar aquella consulta. Y ahí, la épica de Homs se vino abajo, porque de lo que se trata al fin y al cabo es de salvar el pellejo y no acabar inhabilitado. Por ello, echó mano de un argumento tan peregrino como el de que él no desobedeció porque la prohibición era algo confusa y no llegó a entender qué era lo que se prohibía.
Todo esto no pasaría de ser una farsa ridícula si no fuera por un pequeño detalle que nos deja el esperpento. Entre quienes procesionaron junto a Homs y respaldaron su olímpico desprecio a todas las leyes españolas figuraban representantes de PDC, ERC, PNV y Podemos. Y eso permite que todos tengamos ya claro que, si en España se pretende formar un Gobierno que garantice el imperio de la ley y el respeto a la Constitución, en la ecuación no podrá figurar ninguna de estas cuatro formaciones.