Calle de la Memoria Reivindicativa


Hace ochenta años comenzó la Guerra Civil Española. Ocho décadas de que las «dos Españas» protagonizaran ese cruento episodio que dejó como resultado un gran trauma en la memoria colectiva, del cual muchas de sus heridas siguen abiertas y no parecen cicatrizar. A pesar de que Francisco Franco murió en 1975, no fue sino hasta el 2007 que entró en vigor la polémica Ley de Memoria Histórica, en donde se incluye (después de treinta y dos años) el reconocimiento a las víctimas del franquismo. Además de la falta de precisión jurídica respecto al tema de las exhumaciones y fosas comunes, otro punto angular y espinoso de esa disposición es aquel referente a los símbolos de la dictadura. Y es justo este último punto el que más revuelo ha causado gracias a las acciones tomadas por el Ayuntamiento de Madrid para cambiar los nombres de todas aquellas calles que hacen alusión al periodo, o a personajes, previos a la democracia. El municipio valenciano, Quart de Poblet, también se ha sentado precedente votando para cambiar el nombre de ocho calles, las cuales ahora llevarán el nombre de mujeres ilustres nacionales e internacionales. En la geografía gallega, igualmente los nombres de generales franquistas, así como elementos afines al régimen instaurado entre 1939 y 1975, siguen siendo el centro de la controversia, aunque las medidas tomadas en la comunidad atlántica parecen más conciliadoras (ya que en el municipio ourensano de Amoeiro, se optó por colocar placas explicativas, informativas, e incluso como denuncia, en fuentes o colegios con nombres franquistas).

Pasado frente a futuro conviviendo tensamente en el presente. ¿Será que la línea que divide la memoria del olvido es tan tenue que la posibilidad de cometer los mismos errores del pasado pasa de forma imperceptible frente a nosotros? Para el reconocido académico e hispanista británico, Paul Preston, la medida aplicada a los callejeros de España no tiene sentido. Él, quien desde la academia ha sido un duro crítico del franquismo ha expresado, en más de una ocasión que, «el olvido no significa reconciliación y que la memoria no significa venganza». Aunque férreo defensor de la Ley de Memoria Histórica, así como del proyecto de ley que permite una reparación moral a los represaliados, ha advertido públicamente de los riesgos que conlleva borrar la Historia. Entonces, si el Ayuntamiento de Madrid, o el de cualquier otra localidad del país, decide cambiar los nombres de las calles (amparados en la aplicación de ley en cuestión), merece la pena abrir el plano reflexivo sobre cuáles serán los criterios para rebautizar a esas vías. En el caso de la Villa y Corte ya existen 27 nombres que sustituirán a aquellos que refieren al pasado franquista. Entre ellos destacan: Plaza de Arriba España (podrá ser cambiada por: Plaza de la Charca Verde), Plaza del Caudillo (por: Plaza Mayor de El Pardo), y el Paseo del General Muñoz Grandes (por: Marcelino Camacho. Destacado sindicalista de Comisiones Obreras). Entre los demás nombres se destacan personajes como el escritor exiliado en México, Max Aub (sustituyendo a Calle del General Dávila), pero también existen otras propuestas que incluyen la recuperación del nombre original de la vía previo al triunfo de Franco, como el caso de Salud y Ahorro, el cual regresaría en lugar del actual, Moscardó (general franquista), en el distrito madrileño de Usera.  

En 1922, Ortega y Gasset, desde su España Invertebrada, ya señalaba claras grietas y blandos cimientos en la conformación de la conciencia nacional española. Un país, que desde la época de los visigodos, como señalaba el ilustre filósofo, estaba entregado al «imperio de las masas», pero en donde «la masa se niega a ser masa». También insistió en que la «aristofobia» y el «particularismo» resultaban dos signos de que España estaba constitutivamente enferma. Parece que sus palabras siguen tan vigentes tanto ahora como hace casi un siglo. ¿Cuál es realmente el objetivo de cambiar los nombres de las calles? Para Paul Preston, en materia de la Ley de Memoria Histórica, ninguno. Reivindicar un presente parcialmente construido, ensombreciendo el pasado, no cambiará la Historia. La colocación de placas, como en el caso gallego, parece una opción más conciliadora y plural, si el objetivo fuese avanzar en la cicatrización de heridas históricas, pero para fines políticos parece que no es así. El bipartidismo se ha roto, pero la obsesión por reivindicar lo particular no.

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