Ideas y vacíos


Es debate común en los partidos y gente de izquierda el que aborda el sentido y futuro de la ideología a la que uno dice adscribirse y que, bajo el manto de la denominación elegida, parece abarcar alternativas a veces bien distintas. Provenir de un tronco común, que tiene raíces ya añejas, que ha dado lugar a un ramaje disperso y que, aun maltrecho, se mantiene en pie tantas décadas después, en las que la realidad socioeconómica ha cambiado tanto, permite legítimamente cuestionarse la vigencia de los planteamientos básicos, de los métodos de análisis y de las respuestas dadas en cada momento y, vistas las corrientes recientes, preguntarse sobre la pervivencia y expectativas de evolución de la izquierda democrática.

En este marco, la encrucijada de la socialdemocracia europea, en durísimo trance desde hace unos años y con un respaldo electoral menguado en muchos países respecto de etapas precedentes, forma parte del catálogo de crisis que, desde la llamada Gran Recesión, se han manifestado de manera intensa, modificando el panorama social, político y económico. Ciertamente, la renuncia a determinadas transformaciones estructurales en la organización de la actividad económica, la falta de radicalidad en materia igualitaria y la pérdida de la capacidad atractiva propia de las corrientes de cambio (integrados ordinariamente los partidos de centro-izquierda en la estabilidad del sistema político), ya habían desencadenado un proceso de reflexión sobre la identidad socialdemócrata. Cuando la crisis trastoca, a partir de 2008, el escenario precedente, los partidos socialdemócratas quedan atrapados entre las limitaciones de sus paulatinas renuncias y la incapacidad de los poderes públicos democráticos (en cuya configuración se participa y cuya legitimidad se defiende) para hacer frente a las causas del desorden económico. Paradójicamente, esto se produce en un momento en el que, al igual que fue posible la New Deal en el contexto de crisis, parecía factible y oportuno introducir modificaciones sustanciales en la regulación de la economía, al modo genuinamente socialdemócrata, con la actualización necesaria al tiempo que vivimos; es decir, conteniendo los excesos del capitalismo, controlando los flujos financieros, sentando las bases de una gobernanza económica global, evitando los efectos sociales negativos de los desequilibrios, etc.

Estamos alcanzando un momento en el que la dificultad de reconocimiento (propio y de la sociedad a la que se dirigen) de los partidos socialdemócratas, en unión a los problemas de toda índole que derivan de la pérdida de peso electoral, pueden precipitar las cosas para las fuerzas que durante décadas se han adscrito a esta teoría política. O bien se recobra confianza en la propia capacidad de transformación progresiva, pacífica y democrática, y en la existencia de instrumentos eficaces para ello en la acción el Estado y de las organizaciones internacionales de integración, o bien se asume la irrelevancia de la actuación política que, percibida por la ciudadanía, deparará una posición secundaria en parlamentos y gobiernos. En la primera de las respuestas se encontraría plantear (trascendiendo además del nivel exclusivamente estatal) debates necesarios, desde la importancia de la iniciativa pública en la economía, el modelo de relaciones laborales, la distribución de la riqueza, la participación de las rentas del trabajo en ella o el control eficaz de los movimientos financieros, hasta el cuestionamiento de la sociedad de hiperconsumo y la insostenibilidad medioambiental del modelo productivo. Recuperar, en fin, la convicción en la capacidad de cambio y en la viabilidad de la evolución hacia un esquema de organización del poder político y económico que nada tiene que ver con el fracasado socialismo real ni con los sistemas de economía centralizada y poder autoritario y burocrático; pero tampoco con la economía de casino, la subordinación de la clase trabajadora, la consolidación de la injusticia social como realidad inapelable y la desesperanza asociada a la imposibilidad de progreso.

El problema reside en que, mientras esta disyuntiva se dirime, el vacío que deja la falta de consistencia e identidad de los partidos socialdemócratas, y la ausencia de ideas de transformación sustentadas en las raíces de esta ideología, se ocupan los espacios, de forma cada vez más firme, por otra clase de planteamientos cuyas aspiraciones políticas son bien diferentes. El terreno ganado por nacionalismos y populismos de distinto carácter a lo largo del continente lo ha sido a costa, en buena medida, de la izquierda tradicional, que, dimitida en la producción de alternativas o enfrascada en su debilitamiento interno, ha dejado el terreno expedito para que lo ocupen quienes blanden sin reparo la irreductible identidad nacional, la xenofobia, el pretendido retorno a economías nacionales cerradas o la concepción autoritaria del poder.

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