Entre los méritos propios y los deméritos ajenos


Había dos incógnitas fundamentales. La primera, conocer si el PP era capaz o no de conservar o incluso acrecentar la mayoría absoluta en Galicia. La segunda, saber si se produciría el sorpasso y En Marea le birlaba al PSdeG la segunda posición en el tablero político. Las urnas despejaron ambos interrogantes y vinieron a confirmar una aplastante victoria de Núñez Feijoo. Y solventaron con un empate en escaños la segunda incógnita.

Las encuestas, esta vez sí, habían anticipado los resultados. Que estos fueran previsibles disminuyeron la sorpresa, pero no quitan méritos a Feijoo ni deméritos a sus oponentes. Algo debió hacer bien el inquilino de Monte Pío y algo debieron hacer mal sus adversarios para cosechar tan relevante victoria el primero y tan contundente derrota los segundos. Después de la atroz crisis económica soportada por Galicia, después de la destrucción de empresas y de empleo sufrida en la comunidad, después de las amputaciones de servicios públicos básicos como la sanidad y la educación, que el gestor de esas políticas no solo no sufra el mínimo rasguño, sino que acopie más votos, indica el enorme grado de confianza que inspira no el PP, sino Alberto Núñez Feijoo.

Los resultados certifican asimismo la incapacidad de la izquierda, de toda la izquierda, para ofrecer una alternativa, coherente y creíble, a aquellas políticas. Los ciudadanos, conscientes de los destrozos causados por la crisis, porque los sufren en carne propia, asumen con resignación los sacrificios que les exigen puesto que no vislumbran otra salida. No se creen que otra política sea posible, porque nadie, y mucho menos los líderes improvisados a última hora, la ha diseñado ni formulado en los últimos cuatro años.

El corazón de Galicia siempre estuvo partido a la mitad, mutatis mutandi, entre derecha e izquierda. Sin embargo, desde el desembarco de Fraga en 1989, y salvo el paréntesis del bipartito presidido por Touriño, el PP siempre gobernó con mayoría absoluta. Esa disonancia se explica por la división de la izquierda. La fortaleza de la derecha reside en su unión; la debilidad de la izquierda estriba en su división: antes dos partidos, ahora tres. Y la experiencia demuestra que la izquierda solo se acerca o alcanza el poder cuando existe en su seno un partido claramente hegemónico. Si hay dos fuerzas igualadas -PSdeG y BNG en el pasado, PSdeG y En Marea actualmente-, el PP se frota las manos y amplía su cosecha. Cuando los votantes no saben si el presidenciable es Villares o Leiceaga, acaban por concluir que ninguno de los dos. Algo que Feijoo sabía bien: cuando proponía, en plena campaña electoral, un debate con el candidato de la izquierda, no hacía más que hurgar en la herida.

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