Un partido en descomposición


En el diagnóstico coincidimos. Todos los síntomas indican que el PSOE es un partido en descomposición, un barco ideológicamente desarbolado y a la deriva, unas siglas antaño gloriosas que marchan de derrota en derrota hasta la derrota final. Alguien lo comparó con la UCD en sus momentos agónicos y, aunque las comparaciones son odiosas, no le falta razón. Otros le auguran un destino similar al del Pasok griego y tal vez no estén desencaminados. Los abnegados militantes de base, sumidos en la depresión y la nostalgia, ya asumen el viejo dicho reaccionario de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero hablemos de los cuadros, de las piezas que componen el aparato, de los dirigentes que aún conservan parcelas de poder institucional. Unos están desolados como Pepe Blanco, otros noqueados o en estampida, los de más allá desenfundan las navajas -en esta gresca doméstica derivó la histórica «lucha final»- y los de más acá exigen depuración de responsabilidades; es decir, que dimita Pedro Sánchez. ¡Como si el mal se espantase con un cambio de nombres! Si no cambian las condiciones, el mirlo blanco o la rula del sur que tome el relevo se limitará a apagar la luz y ejercer de albacea.

En el diagnóstico coincidimos muchos, pero no en las causas. Ni, lo que es peor, en la terapia. Consideran algunos socialistas y toda la derecha, incluidos sus intérpretes mediáticos, que el PSOE entró en barrena porque se alejó del centro y cayó en veleidades izquierdistas o populistas. Incluso los más sesudos politólogos son incapaces de explicar cómo, siendo así, el partido cedió tanto latifundio por su izquierda.

Otros pensamos exactamente lo contrario. El PSOE, ya cuarteado al abrirse vías de agua en la socialdemocracia europea, se hundió por no dar respuesta a los damnificados de la crisis económica. El partido dejó de representar a las familias que la crisis dejó en la cuneta. Al contrario, abrazó el credo dominante, congeló salarios públicos y pensiones, recortó derechos con una primera reforma laboral, proclamó que bajar impuestos era de izquierdas, promovió una reforma exprés de la Constitución y asumió el discurso cuasi único que impera en Europa. ¿Resultado? Los ciudadanos decidieron que, para llevar a cabo esa política sin complejos, mejor el original que la copia.

El lector puede compartir esta o aquella interpretación, pero sepa que las dos coexisten en el PSOE y abren una brecha de imposible sutura. Hay ya, como mínimo, dos partidos en el partido. Por eso, si quiere sobrevivir en el escenario político, el PSOE tiene que definirse de una puñetera vez. Qué modelo de partido se quiere y para qué. ¿Quiere suplantar a Ciudadanos y disputarle al PP el territorio del centroderecha, u opta por reconquistar el espacio de la izquierda y recuperar su estatus de única alternativa al Gobierno del PP? Cuando esa pregunta obtenga una respuesta inequívoca, sabremos si hay que facilitar o no la investidura de Rajoy. Mientras tanto, prepárese el PSOE para recibir los santos óleos.

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