En su Lógica Parlamentaria, publicada en 1808, el diputado W. G. Hamilton hacía a sus colegas esta advertencia: «Si estudiáis a fondo cualquier proceso desastroso, veréis que los grandes errores siempre se producen al principio y al final». Y en eso me baso para decir que la indecente liquidación emprendida por el PSOE contra Pedro Sánchez, sin admitir errores orgánicos y complicidades estratégicas, deja sin diagnosticar la crisis del PSOE, y presagia otra etapa de machadas encadenadas.
Desde mucho antes del 20D vengo sosteniendo que Sánchez es un disparate con zapatos, proclive siempre a agravar los achaques de un PSOE que entró en barrena el día que González improvisó su abandono de la secretaría general (1997). Tampoco dejé de zaherir a este busto parlante - «tu cabeza es hermosa pero sin seso»- desde que confundió su futuro con el de España e inició una descabellada cruzada para demostrar que en democracia da igual ganar elecciones que perderlas, o estar a favor o en contra de hábitos trillados y valores inveterados, siempre que las matemáticas y la irresponsabilidad política permitan montar absurdas investiduras. Y por eso concluyo -como Hamilton- que todos los errores de este proceso se produjeron al principio y revientan al final, sin que ello impida que el pobre Sánchez haya gestionado el tiempo medio con lógica impecable.
Las disparatadas ideas de que las elecciones las ganó el cambio y no el PP, de que el deseo de los militantes se limita a desalojar a Rajoy de la Moncloa, de que en el ADN del PSOE hay más populismo de Podemos que ajuste fiscal de la UE, y de que la táctica dominante debe ser ganar poder a cualquier precio y sin fijarse en los extraños compañeros de cama, fueron doctrina común del PSOE, de los medios que lo jalearon, de las élites de abaixofirmantes que reducen la política a emoción y resentimiento, y de amplios sectores populares que llegaron a creer que bastaría con destruir a Rajoy para pasar del infierno de Dante, donde la esperanza se olvida, al paraíso de Jauja, donde atan los perros con longanizas.
Cierto es que ese capital de dislates lo gestionó Sánchez. Pero es una cobardía decir que fue solo él -auxiliado por Luena y Hernando- el que creó esta brañeira de patochadas en la que el PSOE ya se asfixiaba antes de ahora. La propia figura de Sánchez es un error colectivo derivado de un bucle de debates misérrimo y cortoplacista.
Y no deja de ser dramático que un partido más que centenario deje pudrir las cosas hasta que no quedan más salidas que las triquiñuelas, las traiciones y las improvisaciones, que dejarán a Sánchez un poco más vivo que sus miserables ejecutores. Y por eso me temo que ayer por la tarde se inició ya sin retorno la pasokización del PSOE. El PSOE ha muerto, viva Pablo Iglesias.