Sánchez se atrinchera, pero está muerto


Alguien que habla de la existencia de «bandos» en su partido, y que dice además estar encuadrado en uno de ellos, no puede ser jamás el líder de una fuerza política, que debe representar a todos los militantes. Desde ese punto de vista, el Pedro Sánchez que se aferra todavía a su cargo desde el búnker de Ferraz a través de un penoso debate jurídico, es ya un cadáver político, ocurra lo que ocurra. El solo hecho de que, después de que le dimita la mitad de la ejecutiva, pretenda seguir en el cargo como si no ocurriera nada, causando así un terrible daño a su partido, demuestra que no solo está acabado, sino que nunca debió ser secretario general. Si no renuncia antes, el comité federal certificará su defunción muy pronto.

La paradoja es que, después de todo, a quien más daño puede hacerle el óbito de Sánchez es a Rajoy, al que Felipe González y sus pajes le van a arruinar sus planes. Seamos claros. A estas alturas de la película, Rajoy no quiere que el PSOE se abstenga y le deje gobernar con unos exiguos 137 diputados. Soñaba con unas terceras elecciones en las que tuviera como adversario a un Sánchez comatoso y molido a palos por su propio partido. Unos comicios que, en esas condiciones, podían darle la mayoría absoluta con Ciudadanos. Pero, si Sánchez cae y la gestora se aviene a la abstención, Rajoy se vería obligado a gobernar cuatro años en precario frente a un PSOE en vías de renovación.

El problema de los socialistas es que llevan mucho tiempo en un juego de medias verdades sin que nadie dé la cara. Porque si el trilerismo de Sánchez es insostenible, tampoco es honesta la posición de quienes, como Susana Díaz, dicen que no se puede gobernar con 85 diputados, pero añaden que el PSOE no puede dejar gobernar a Rajoy. Es decir, a Sánchez ni agua, pero sin ofrecer soluciones y sin desgastarse admitiendo lo obvio: que si el PSOE no puede gobernar, debe dejar que lo haga el que ha ganado. Ni siquiera Felipe González, que ayer confirmó lo que ya publicó La Voz de Galicia, que mueve los hilos y que fue él quien paró la rebelión de los críticos contra Sánchez tras el 26J porque creía tenerlo sometido, dijo claro hasta ayer que había que abstenerse.

Pero, si los críticos de Sánchez creen que matando al perro acabará la rabia, se equivocan. El dilema del PSOE va mucho más allá de Sánchez y sigue siendo el de si quiere volver a ser un partido socialdemócrata moderado o seguir yendo de la mano del populismo. Porque, como todo el mundo sabe, hasta un reloj parado da la hora correcta dos veces al día. Y, por eso mismo, entre la inmensa ristra de argumentos falaces que utiliza Sánchez para justificar su yo sigo, a lo Joe Rígoli, se cuela uno de peso: el de que aquellos que le prohíben pactar con Podemos son los mismos que tras perder las elecciones en sus feudos se aliaron con Podemos y sus franquicias, con soberanistas y con el lucero del alba para ser presidentes. Y esos, que ayer le apuñalaron por vía postal, tienen trabajo para explicar por qué ellos siguen y Sánchez debe morir.

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Sánchez se atrinchera, pero está muerto