¿Qué pueden tener en común el tabaco y las compresas?

OPINIÓN

02 oct 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Desde hace unos días las cajetillas de tabaco vienen, ocupando dos tercios de su envoltorio, en su anverso y en su reverso, con imágenes horripilantes, infinitamente más que las anteriores, ya duras. Bien hecho por la Unión Europea. Los fumadores desarrollaremos esos tumores que presentan las horripilantes imágenes. Estamos avisados y más que avisados. No obstante, la verdad que se publicita tan asquerosamente, para el bien del fumador y de quien le rodea cuando se comete la fechoría que, no por malsana y repugnante, se prohíbe, tiene otros rostros, rostros que, estos sí, se ocultan. Porque los tumores sobradamente expuestos de las cajetillas tienen más etiologías. Por ejemplo, las ciudades. No sé qué mata más, si el tabaco o la ciudad, pero ésta mata, y mucho, y a todos, y a los bebés y a los niños los jode para el resto de sus vidas. El aire respirado está henchido de cientos de toxinas y gases envenenados de la industria química, de la mineral, de la locomoción, de la industria de la civilización. Las autoridades políticas, para que la civilización no se detenga, rebajan los venenos a estándares «no perjudiciales para la salud». Y es mentira. Las ciudades, unas mucho más que otras, por supuesto, son criaderos del mal supremo: el cáncer. Pero como la pasta gansa es la que determina finalmente lo que es bueno y lo que es malo, no se colocan en las entradas, junto al nombre de cada una de ellas, carteles bien visible con las imágenes de las cajetillas y la leyenda «Si entra usted aquí, morirá de cáncer». Y como lo que no se publicita, lo que no se ve, lo que no es viral, no existe, pues no existe. Y no hay nada más que hablar. ¿O sí?

No y sí. No porque lo que anotaré a continuación también está velado por la pasta gansa de las firmas globales de la alimentación. Sí porque, en este caso, a algunos de ustedes les puede servir de guía cuando vayan al supermercado y a los gobernantes, tal vez, y también algunos, pueden experimentar un milagroso arrebato de asco hacia sí mismos. En todo caso, vayamos a ello.

Hay una multinacional norteamericana del crimen llamada Monsanto, participada por la germana Bayer, otro cártel de la industria alimenticia y farmacéutica más sanguinario que cualquier cártel de la droga de cualquier parte del Mundo. Monsanto, como saben, nos ha colonizado con sus semillas modificadas genéticamente y pesticidas multiapestosos que metemos en la cesta de la compra todos los días sin tener ni idea de que, en realidad, lo que estamos metiendo en la cesta y en nuestros organismos son variedades refinadas de sustancias cancerígenas. Y no nos damos cuenta porque, o no aparecen en el etiquetado, o aparecen deformadas, mutiladas, engañosas; es decir, camufladas, al igual que la basura de la atmósfera (y de los océanos, el planeta entero). Por eso, la reciente revelación de Greenpeace acerca de los productos envenenados que nos cuelan es de importancia capital. Quien pretenda contrarrestarme con el argumento de que Greenpeace es una fuente parcial, habrá antes de preguntarse por qué el Estado francés acaba de prohibir la venta y consumo de esos productos. En nuestro torticero país las semillas modificadas están por doquier y el informe de la ONG se la pasa el Gobierno por el forro de los cojones. Ahora le toca al lector decidir si omitir o no ese informe, porque voy a enumerar varios de los artículos-cáncer de Monsanto: