Debate electoral estadounidense 2016 y el poder de la palabra

OPINIÓN

05 oct 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Después de haber visto el debate entre Hillary Clinton y Donald Trump, a poco menos de mes y medio de las elecciones presidenciales en ese país norteamericano, son muchas las conclusiones que pueden ser extraídas. Económicas, fiscales, de desarrollo social, de liderazgo global, sobre la posición de motor económico mundial, entre muchas otras, pero, sin duda, hay una que no puede pasar desapercibida: el gran poder de la palabra. Todos los medios de comunicación internacionales (al menos los más serios y reconocidos) dan la victoria a la candidata demócrata, lo cual no sorprende, ya que más allá del grado de afinidad política, y de las respuestas sobre urgencias en materia económica y de desarrollo que pudieran tener, Hillary Clinton fue la única de los dos candidatos que pudo utilizar la palabra como una herramienta digna de alguien que aspira a presidir la Casa Blanca.

En este mismo espacio, hace aproximadamente un mes, escribí un artículo de opinión titulado Goodbye Mr. President mediante el cual invito a la reflexión sobre la pauperización en la oferta política (en consonancia con un contexto convulso) y la depreciación en la figura presidencial que vive Estados Unidos, pero también hago hincapié en la utilización del miedo como motor del discurso del candidato por el partido republicano. Y es justo este punto el que se hizo presente cada vez que el señor Trump tomaba la palabra. Bravuconería, altanería, soberbia, así como exaltación del miedo, fueron algunos de los recursos que utilizó constantemente para intentar opacar a una contrincante quien, por el contrario, se condujo a la altura de un debate de esa magnitud. Hillary, una mujer con una trayectoria académica y política de excelencia en todos los niveles, jamás perdió la serenidad y expuso de forma clara, sistemática y objetiva a cada una de las preguntas que le fueron hechas por el moderador. No podemos decir lo mismo del candidato republicano, quien inmediatamente adoptó un tono agresivo, con un volumen de voz elevado y una cadencia excitada, con lo cual rompió todo protocolo respecto a los tiempos para responder, el orden temático, y el respeto hacia el contrincante político. En pocas palabras, ella, una candidata preparada y profesional a la altura de un debate político de nivel presidencial, frente a un simple y común brabucón de bar.

En materia fiscal y de desarrollo, Hillary Clinton expuso (en los dos minutos que tenían para responder) que su propuesta en materia de impuestos sería indudablemente enfocada en crear las bases de un sistema que favoreciera al bienestar social, en donde la creación de escuelas, hospitales y demás instituciones públicas puedan incrementar y fortalecer el nivel de vida de la (cada vez más creciente) clase media. Donald Trump, quien constantemente sobrepasó los dos minutos requeridos para responder (algo muy fuera de la seriedad y formalidad que un debate de esa naturaleza merece) se limitó a dejar claro que su propuesta está centrada en bajar sustancialmente los impuestos para así fomentar el que «supuestos inversionistas que han emigrado a países con mayores facilidades fiscales» regresen a invertir a Estados Unidos, para que de esa manera se «gane toda esa ventaja comercial que China ha robado».