Estoicos padres vs. desencantados ninis


«El número de ninis se ha reducido». Fruto de la convulsa actualidad política este titular, que ocupó una discreta posición en las cabeceras informativas de hace unos días, ha pasado desapercibido. Ni que decir tiene la noticia en cuestión merece toda la atención del público, no obstante... al igual que ocurre con el paro u otras cuestiones de carácter trascendente, no es para lanzar confetti. La despreocupación de las autoridades por este colectivo es y siempre ha sido más que evidente. La causa de esta flemática actitud seguramente se debe a que los ninis no se dejan ver..., -me explico-, por un lado, estos menores han superado la edad de escolarización obligatoria, por tanto las autoridades educativas no tienen la responsabilidad, al menos legal, de ofrecerles otra alternativa ajustada a su estado de desánimo, por otro, los ninis más talluditos se encuentran tan abatidos que ni siquiera se apuntan al paro, por lo tanto estos jóvenes indolentes a efectos sociales, o ¿por qué no? Políticos, son invisibles, y ya sabe usted que el que no llora...

Actualmente la tasa de jóvenes que ni estudia ni trabaja en España (de ahí el acrónimo nini) es del 22% (más de un millón y medio), dicho de otra manera uno de cada cinco jóvenes de entre 15 a 29 años no hacen absolutamente nada... Aparte del dolor que constituye derrochar el tiempo, desde un punto de vista socio-pragmático, ¿de qué sirve formar a un joven para después malgastar todo su potencial?, eso por no hablar del sufrimiento para las familias y del insoportable lastre económico que representa convivir con una persona equiparable a un vegetal.

¿Qué se puede hacer para romper esta invariable realidad? La solución no es fácil porque estos problemas tienden a cronificarse de forma rápida. No obstante, antes de proponer una solución debemos comprender las singularidades de esta comunidad. Para comenzar me gustaría matizar que cada circunstancia es única y las generalizaciones son siempre cuestionables. La primera evidencia que podemos observar cuando estudiamos el fenómeno nini es la existencia de dos grupos, el primero lo constituyen los más jóvenes, aquellos que no tienen estudios y los abandonan alrededor de los 16 años. El otro grupo es muy diferente, son mayores (pasan de 23 años), tienen estudios universitarios o como mínimo alguna cualificación profesional. Los primeros están confusos y desorientados mientras que los segundos están desilusionados, hastiados y muy desencantados con... todo. Su irracional actitud resulta relativamente comprensible, el panorama que les brindamos no es muy halagüeño, largos itinerarios académicos (recuerde cómo es la percepción del tiempo de un adolescente), sacrificio, paro, precariedad laboral, etc. «¿Para qué voy a esforzarme?, en el caso de conseguir un trabajo voy a vivir peor que ahora?», «mira a fulanito, toda la vida estudiando y ahora en paro...», «haga lo que haga todo me sale mal, mejor quedarme como estoy», «déjame en paz, yo vivo bien así». Estos son algunos de los desafortunados pensamientos que esgrimen los ninis, y que revelan personalidades abúlicas, depresivas, carentes de autoestima, y temerosas de errar en las decisiones importantes.

A tenor de lo visto podemos pensar que existe una predisposición a ser nini, pero esta inclinación sin duda es activada en gran medida desde los propios hogares y como no, también desde la propia sociedad. La sobreprotección excesiva de los padres, la satisfacción inmediata de las demandas y en definitiva la protección que ofrece el nido, hace que los hijos pierdan la iniciativa y se conviertan en autómatas sin capacidad para decidir su propio futuro y por qué no; en conformistas adictos a los pequeños o grandes vicios que cada microsistema pueda ofrecerles. La renuncia a luchar como consecuencia de la realidad hostil del exterior, hace que ese porcentaje de población juvenil languidezca apalancada entre cuadro paredes.

Aunque en general el colectivo nini tenga que entender que haciendo cosas su situación puede cambiar, la solución a los problemas es muy diferente en cada caso, a los más pequeños hay que inculcarles la cultura del esfuerzo y motivarlos para que reaccionen, si ya han abandonado hay que repescarlos bien con cursos de Formación Profesional Básica o con cualquier curso de Formación Ocupacional, la finalidad es que vean el fruto de su esfuerzo a través de  realidades concretas, productos finalizados, labores terminadas, esto es muy motivante para ellos. Los mayores y más quemados tienen que percibir que el sistema está intentando cambiar su situación, pero que éste no podrá lograrlo si no arriman el hombro. Mientras más tiempo pasen inactivos mayor será la atrofia, la desgana y la apatía, por ello una entrevista, enviar el curriculum, una iniciativa, asociarse con alguien, aprender otro idioma, nuevos estudios, incluso desplazarse a costa de sacrificar el confort del hogar, todo es válido..., todo menos quedarse quieto.

Motivar a un nini no es una tarea fácil, hace falta mucho respeto y comprensión. Todos debemos intentar hacerles desterrar esas ideas irracionales que tienen sobre el futuro (esos pensamientos de que todo continuará indefinidamente como hasta ahora). Deben comprender que sin esfuerzo no hay premio y que su trabajo consiste en mejorar, en insistir, en perseverar.

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