Tus dos minutos por mi vida entera


Cuando era pequeña tenía unas amigas en el colegio con las que estaba siempre, nos sentábamos las cuatro juntas en clase y luego pasábamos el recreo hablando. Muchas veces hablábamos de lo queríamos hacer en el futuro y otras veces de las cosas que nunca haríamos. Entonces, una de nosotras retaba a las demás y todas discutíamos «por cuánto» haríamos algo que sabíamos que estaba mal. Tendríamos 12 ó 13 años y poco después nos perdimos la pista cuando fuimos a institutos distintos.

En el instituto hice amigas nuevas y ya no sólo nos veíamos en clase, quedábamos muchas tardes y a veces aunque hubiera clase preferíamos sentarnos al sol comiendo pipas. Entonces volvíamos a jugar a «por cuánto» (aunque no lo llamábamos así).

En el «juego» no valían medias tintas, hablábamos de cosas que todas considerábamos sin lugar a dudas que estaban mal, y todas éramos sinceras, no tanto por no mentir, sino porque aquella era nuestra forma de tratar de entender el mundo al que nos íbamos a enfrentar muy pronto. ¿Por qué los adultos cometían errores? ¿Seríamos nosotras así? Por ejemplo: quedarte con un dinero que no es tuyo; eso lo veíamos fatal si era poco, pero ¿y si te hicieras millonaria para siempre? O por ejemplo, ¿si tuvieras que matar a alguien para salvar el mundo lo harías? ¿Y si tuvieras que morirte tú para salvar a tus padres?

En nuestro mundo las cosas malas tenían un precio desorbitado. Nunca imaginamos a cambio una recompensa efímera.

Vivíamos sin embargo en un mundo en el que nuestros padres querían saber constantemente dónde estábamos y con quién, y se alarmaban rápidamente si tardábamos en regresar a casa. El mismo mundo de ahora en el que las jóvenes tratan de volver acompañadas y se denuncia una violación cada ocho horas. En el que una adolescente sufre una violación múltiple en los Sanfermines, los agresores lo graban, lo comparten en sus redes, y encima se descubre que no era la primera vez que lo hacían. Que yo recuerde nunca pensamos «por cuánto» un violador estaba dispuesto a dañar a otras personas, a jóvenes igual que nosotras, a una completa desconocida, o a una chica que confió lo suficiente como para quedarse con él a solas.

Cuando me hice mayor no tuve que enfrentarme a los dilemas que nos preocupaban. Nunca dependió de mí salvar el mundo, ni tuve ocasión de estafar a nadie para hacerme multimillonaria. Y con el tiempo mis «por cuánto» son demasiado ambiciosos para preocuparme por ellos, porque nada puede detener el tiempo, ni hacer que vuelvan quienes ya no están. También me he hecho la pregunta de los violadores muchas veces, cada vez que lamento lo fugaz de los orgasmos y la ausencia de memoria que dejan en el cuerpo. Y pienso sin embargo, cómo puede persistir el recuerdo en la mente de las personas cuando se ven heridas, sobre todo si aún creen que el mal ha de tener motivos.

¿Qué obtiene un violador por el daño que hace? ¿Algo inalcanzable? ¿En qué mejorará su vida a cambio? ¿En qué cambiará su día siguiente?.

Tampoco me enfrentaré nunca a la posibilidad de violar a nadie pero tengo muy claro que ese no sería mi precio. Y si es el tuyo no vales nada.

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