La Noche Blanca fue un éxito, y Pablo Moro el triunfador


Cuando era pequeño tuve una experiencia que puede que haya marcado mi vida, o no. Bueno, quizá no era tan pequeño. Tendría esa edad preadolescente en la cual nos empieza a asomar un incipiente bigotillo a lo Escobar, una pelusa lacia encima de nuestro labio, que tratamos de afeitar una y otra vez. Estaba con mis padres en El Prado, no había mucha gente, recorríamos las salas observando y devorando cuadros como bulímicos hasta que llegamos a esa sala. Ese cuadro me fascino, no podía dejar de mirarlo, estaba allí: quieto, absorto, y una erección se despertó entre mis piernas. Incluso, me invadió una sensación de tristeza y a la vez alegría: ganas de reír y llorar. Me entró una vergüenza tremenda, no tanto por la erección ni por las lágrimas que se me escapaban, más bien porque yo de aquella me creía muy macho y eso del arte creía que eran mariconadas. Me acerqué tras un largo rato al panel informativo: El triunfo de la muerte, óleo sobre tabla, 117 x 162 cm, 1562 - 1563 [P01393]; Peter Brueghel el viejo. Que cabrón el Brueghel dije para mí, y decidí seguir la ruta. Mis padres me observaban a una distancia prudencial, esa que dan los padres a sus hijos para que se crean que son libres pero siempre les tienen controlados «Adonde yo te pueda ver». Yo hacía como si nada, pero en realidad ya estaba dentro. Como ese día que uno decide meterse el primer tiro y sin darse cuenta ya ha caído. Ese lienzo de Brueghel despertó en mí sensaciones que nunca antes había experimentado, y no muchas otras veces sentí. La Gioconda me decepcionó; el Guernica en el Sofidou me gustó, pero sin más. Todos los cuadros que se supone debían inspirar en mi sensaciones similares no lo lograron.

El otro día volví a sentir eso que hacía tanto que no sentía. En el Bellas Artes se estrenaba la  exposición: «El Cubismo y la Colección Cubista de Telefónica». Fue ver las piezas de Juan Gris y conmoverme. Francis Bacon, que ahora está más en boga que nunca gracias a la maravillosa muestra del artista que se exhibe en el Museo Guggenheim Bilbao, decía de Juan Gris: «Es la mejor técnica de todos los cubistas». Y a mí, que no soy un entendido, me ha fascinado.

El sábado fue La Noche Blanca en Oviedo, una cita con el arte y la cultura: imperdible. Y fue, como de costumbre, un éxito. Colas en todos los lugares, y las Pelayas llevándose el premio gordo. «Tienen que hacer más cosas como ésta, gana la ciudad, ganamos todos» me decían los propietarios del Cundo. Acudí de nuevo al Bellas Artes y contemple la exposición otra vez, y de nuevo sentí lo mismo. Es cierto que con un menor recogimiento, pues el museo estaba lleno de gente. Realicé también la Ruta de la Revolución del 34 que no había hecho y recomiendo a todos hacer, una manera amena e interesante de conocer nuestra ciudad y su historia; y olvídense de todo tema político y disfruten. Reconozco que no hice la ruta al completo, y que me coloqué y les seguí, puesto que no me había apuntado con la suficiente premura. No la acabé porque a las nueve de la tarde, con la noche ya avanzada en el cielo ovetense, tenía una cita con uno de los mejores músicos que ha dado Asturias: Pablo Moro. Recuerdo la primera vez que le escuche, en un San Mateo, cantaba con Melendi. Me gustó, y empecé a escucharle, sus letras me gustaron y lo ponía una y otra vez en mi MP3. Luego la casualidad quiso que conociese a parte de su familia, de sus amigos, y esto hizo que la unión con el cantante y su música se hiciese mayor. Pablo Moro cantaba en el claustro de la Universidad para festejar sus diez años de carrera musical, a la vez Toño Velasco realizaba un gran mural en el que retrató a más de doscientas personas y así formar La Gran Familia. Mientras tanto, el cantante asturiano hacia un repaso a sus cinco discos, un repaso a una vida. La Universidad estaba a rebosar, Pablo supo hacer de la antigua Universidad de Derecho su casa; en cada canción conectaba con el público, y estos le aupaban entre aplausos, vítores, coreando sus canciones y bises. El único pero que podemos ponerle es que en un principio no se podía entrar con bebida al recinto, pero pronto uno pudo ver a personas saltándose la prohibición, y no hubo más remedio que ir al Jamón a por unas cervezas que acompañaran al concierto. En la Universidad y sin beber, ni que fuésemos alumnos aplicados. La noche inmejorable, el entorno maravilloso, la compañía era la mejor que uno podía tener; pero todo mejoró, aún más, cuando Pablo empezó a cantar: su música hacía que todo pareciese mejor. La Noche Blanca fue un éxito, y Pablo Moro el triunfador.

En un día como éste daba gusto entregarse a la noche ovetenses, y así hice. La Noche Blanca se ha convertido en uno de los días grandes de la ciudad -más bien de las noches grandes- y un evento vertebrador de la vida cultural y social de las capital asturiana. Porque aunque muchos quieran cargársela, la cultura sigue atrayendo a la gente. Romper las barreras y hacerla cercana a un público general debería ser la misión de cualquier gobierno, y no torpedearla y ponerle trabas como se está haciendo. Pero no sólo misión de estos, sino de todos y cada uno de los ciudadanos. No dejemos que ocurra lo de siempre: la izquierda confisque la cultura para sus fines; y la derecha la destruya.

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