Si me hubiese pasado un año hablando del triunfo del cambio y la derrota del PP, de que Rajoy está acorralado detrás del plasma, de que el que quiere formar Gobierno tiene que moverse, de que Sánchez hizo la gran hombrada de «aceptar el encargo del rey» mientras Rajoy huía de sus obligaciones, de que Rivera es el as del diálogo inútil, de que Iglesias es un hábil estratega, y de que la nueva política ha venido para quedarse; si hubiese perdido doce meses en inventar la realidad y viese dónde está ahora la política española, le regalaría mi portátil a un indignado y me iría de peón a las Canarias.
Si hubiese apostado por un Estado acomplejado frente al disparate catalán, y por ofrecerle algo a Mas y sus mariachis; si me hubiese fiado de alguna de las mil reformas constitucionales pensadas para Mas y Junqueras; si hubiese dicho que Rajoy y el PP son los grandes creadores de soberanistas y hubiese apostado por la política y no por la ley, me iría a la Cartuja de Miraflores (Burgos) para quedar callado el resto de mi vida.
Si viese que todos los que yo apoyé están tocados del ala, y que el único que sigue vivo es aquel al que di por muerto; si hubiese pedido que Rajoy se apartase a un lado para facilitar la investidura de cualquier derrotado; si me atreviese a reconocer que el gran desahuciado se ha vuelto imprescindible; si hubiese dicho que la militancia del PSOE jamás aceptaría la abstención, y si viese al PP rescatando al PSOE de los abismos, me haría misionero en el Mato Grosso. Y si hubiese centrado el problema de España a los recortes de Montoro y en sus «caprichosos» efectos, o hubiese reducido el hecho político a los casos Bárcenas, Barberá y Gürtel, renunciaría a todo cuanto poseo -que no es mucho- y me iría con una oenegé al Tíbet, donde la meditación se hace más cerca del cielo que de la tierra.
Menos mal que, abierto siempre a la autocrítica, solo hablé de mayorías electorales, de las jugadas maestras de Rajoy, del rechazo a los gobiernos Frankenstein, de la conveniencia de la consolidación fiscal ordenada por la UE, de que la demencia catalana había que atajarla sin inocentes concesiones, y de que antes que meternos en la boca de Sánchez eran preferibles las terceras elecciones. Por eso me puedo quedar aquí, escribiendo como siempre, y acompañando en su tira palante a los que dicen que ya dijeron lo que jamás se atrevieron a decir. Porque si la política está confusa y turbia, hay que decir que el sistema mediático, visto en perspectiva, fue una simple y vulgar catástrofe, más populista aún que la política, y lleno de charlatanes disfrazados de expertos y abaixofirmantes. Solo así -reconociendo la íntima relación entre los medios y las actitudes de los electores- se puede explicar el tremendo desbarajuste que asoló la política española en el último año.