Después de ofrecer en vivo y en directo el espectáculo de la pasión y muerte política de Pedro Sánchez representado una tarde de sábado en los sótanos de Ferraz, donde todavía se aprecian las huellas del sangriento comité federal, los que alzaron el puñal pretenden convencernos ahora de que en realidad no fueron ellos. Y ocultarnos, ya de paso, los motivos que los llevaron, con razón o sin ella, a finiquitar al secretario general. Parecía que tras el aquelarre del primero de octubre el PSOE retomaba la sensatez poniendo al frente de la gestora al asturiano Javier Fernández, al que le bastan unas gotas de pausa y de prudencia para aparecer como un gigante político por comparación con la temeraria frivolidad de Pedro Sánchez. Pero no. Los socialistas siguen atrapados en ese bucle eufemístico que les impide llamar a las cosas por su nombre.
Cuando han pasado ya diez días desde aquel comité federal y al PSOE apenas le quedan tres semanas para eludir el suicidio político que supondría forzar una nueva repetición de las elecciones, no hay en todo el partido un solo dirigente capaz de proponer abiertamente lo que todos saben: que el PSOE se tiene que abstener en la investidura de Rajoy. Ese grupo heterogéneo al que se sigue denominando «los críticos», aunque ya no tengan a quién criticar, solo se puso de acuerdo en pasaportar a Sánchez. Pero ahora nadie quiere pagar la factura del entierro. Es decir, el coste político que supone pasar del «no es no» a dejar gobernar al PP. Resulta inaudito que la andaluza Susana Díaz, lideresa pública de la revuelta, siga instalada en el discurso fácil del no a gobernar con 85 diputados y no a unas nuevas elecciones, pero se niegue a pronunciar la palabra abstención y pretenda endosar a otros el marrón del «digo Diego».
El tiempo pasa y el PSOE sigue jugando irresponsablemente al pasa palabra. Si la idea de los barones era cargarle el muerto al bueno de Javier Fernández, el asturiano, sabio por veterano, les devolvió ayer la pelota y advirtió de que la gestora no elevará al comité federal ninguna propuesta sobre lo que debe votar el PSOE en la investidura de Rajoy. Es decir, que tendrá que ser Susana Díaz la que se moje, quiera o no. En el colmo del disparate, después de liquidar a Sánchez el PSOE mantiene como portavoz en el Congreso a quien fue el gran valedor del «no es no» y el «nunca es nunca», Antonio Hernando, que tendrá el cuajo de subirse a la tribuna para defender una abstención que, según sus palabras, suponía «indultar la corrupción de Rajoy». Madina, al parecer, tampoco quiere mancharse. Y el teatrillo del absurdo lo completa el PSOE resucitando a dos figuras como Ramón Jáuregui y Elena Valenciano. Es decir, que la renovación consistía en enterrar a Pedro Sánchez para que vuelva Rubalcaba. El PSOE puede seguir dando vueltas sobre sí mismo. Pero así, para cuando alguien dé el paso de postularse para liderar el partido, a lo mejor ya no hay nada que liderar. Entre todos lo mataron y él solito se murió.