El remedio y la enfermedad


Redacción

El PSOE vive un profundo desgarro, producido por sus dirigentes, cuyas consecuencias resultan hoy imprevisibles, quienes dicen querer suturar la herida actúan de forma antagónica al sentir de la militancia, reduciendo cada vez más los espacios que podrían permitir aunar criterios en torno a un proyecto político común. Fíjense ustedes qué sencillo hubiera sido convocar consulta con los militantes, como en su momento se hizo con el fin de ratificar el acuerdo firmado con Ciudadanos, está vez para recabar opinión respecto de la posición política que la bancada socialista habría de mantener en el acto de investidura al que el Sr. Rajoy se presentaba para ser elegido presidente del gobierno.

Dicen que no es posible encontrar solución a los problemas si previamente no estamos de acuerdo en el origen que los ocasiona y su posible diagnóstico; lógicamente una crisis de esta magnitud no atiende a circunstancias casuales, sencillas o extemporáneas, sino a la combinación de varios factores que se han ido larvando y potenciando a lo largo de décadas.

Los más simplistas imputan los síntomas a la caída espectacular de apoyo electoral que hemos sufrido a lo largo de los últimos años, así en nuestras elecciones autonómicas, en los últimos 16 años, el PSOE ha reducido progresivamente los votantes a la mitad, pasando de 284.000 a 142.000 votantes; no es por tanto un resultado deficiente, como algunos quieren hacernos creer, fruto de la reciente emergencia de nuevas opciones políticas; los apoyos son cada vez más desalentadores, en el ámbito del Estado y el conjunto de las comunidades autónomas; díganme solamente una que actualmente pueda servirnos de referencia.

Sin embargo los resultados electorales, son la manifestación de la voluntad popular, tanto si fueran positivos como si no lo fueran, exponen con nitidez el interés que para la ciudadanía tiene nuestro proyecto político; es decir el contenido de la oferta electoral y la credibilidad de quienes la personalizan.

Llegados a este punto podríamos afirmar, sin ánimo de ser hirientes, que en ambos casos hemos fracasado, de una forma tan sostenida y progresiva que el deterioro se ha interiorizado y asumido como un mal crónico sobre el que indefectiblemente debíamos asumir sus consecuencias.

Observamos, sin embargo, que otras fuerzas políticas conservadoras marcan tendencias al alza, e incluso que segmentos de la población que habitualmente formaban parte de la base electoral del PSOE, se inquietaban y buscaban otras opciones, al ver representados sus intereses solo en la retórica y no en la acción política que marca la identidad de nuestro partido. Algunos dirigentes socialistas, sin ningún tipo de rubor, llegaban a calificarnos como un partido moderado antes que socialista.

La vida orgánica, esa que imprime vitalidad y credibilidad, se ha empobrecido enormemente, cuando a las bases, afiliados o militantes nos referimos, reservándoles un plano secundario, como aquel «figurante» que es preciso abanderar cuando el desfile viste sus más altas galas. Un partido que hizo de la libertad bandera, no puede pretender eliminar el debate político en los ámbitos más próximos a los problemas de los ciudadanos, esgrimiendo que somos una organización amparada en la representatividad de los dirigentes, olvidando que las organizaciones democráticas de izquierda hunden sus raíces en la sociedad, y no hay democracia interna sin la participación de la militancia, cuanto tratamos de buscar soluciones que afectan a los intereses generales y de las que depende el futuro de nuestro partido, todos somos necesarios.

No es No, a la política del Partido Popular, así lo manifestamos los que padecemos sus políticas; la abstención no es indiferencia, es beneplácito, cuando se saben las consecuencias que de ella se derivan, y no puedo llegar a creer que quienes se apantallan bajo decisiones de órganos colegiados ignoran el dolor y el empobrecimiento con el que el PP nos ha sumido a los trabajadores y las clases más humildes de la sociedad durante los últimos años.

Un alto dirigente decía estos días que «No hay decisión sin consecuencias», cierto es, estoy seguro que una organización que atesora 137 años saldrá de esta situación, como también lo estoy que la sociedad espera que reaccionemos y saquemos conclusiones ante estos dos modelos de hacer política que se encuentran enfrentados.

Uno, el actual, que no describo por darlo suficientemente por conocido, así como los resultados que nos está reportando, del que nada cabe esperar; y otro, alternativo, basado en los principios del Partido Socialista, participativo, solidario, en el que se elijan a los/as dirigentes, a todos los niveles, a través de elecciones primarias abiertas en las que participe la militancia, limitando el número de mandatos a los que concurran e imposibilitando la asunción de varios cargos (incompatibilidad de cargos); estamos obligados a dar un paso que nos permita que la organización se sanee y revitalice, evitando las servidumbres que conlleva la profesionalización de la actividad política.

La posición política puntual que ahora mantenga el PSOE, sea la que sea, con los resultados que conlleve (bien en la próxima investidura o en terceras elecciones generales), será exclusiva e ineludiblemente responsabilidad directa de los dirigentes en los que hemos delegado el poder, y cuya pericia nos ha llevado a la situación crítica que ahora vivimos.

Es más sobre un modelo ya caduco, y la sustitución por otro nuevo, sobre lo que estamos hablando; nos encontramos ante una oportunidad única para cambiar profundamente la vida y la acción política en el PSOE, de forma que realmente sea una herramienta de trasformación social con opción de gobierno.

Comentarios

El remedio y la enfermedad