Asco


Escuchar a Correa relatar cómo saqueaban las arcas públicas y se repartían el botín entre él y unos cuantos amigos da asco. Y aún asquea mucho más ver la naturalidad con la que se movía entre los despachos de la cúpula del PP. De la impunidad con la que operaban es demostrativa su declaración de que lo que hacían era muy habitual, solo que él tuvo la mala suerte de que lo pillaron con las manos en la masa. Vomitivo. Pero muy significativo. Sintomático de una cultura en la que lo público y lo privado se entremezclan de forma incestuosa. Ejemplares de una especie de depredadores que cuando metían la mano en el bolsillo nunca sabían si el dinero que encontraban era público o privado, porque para ellos era lo mismo. Años de latrocinio que han enmerdado la política para mucho tiempo. Por la connivencia de muchos y destacados dirigentes, pero sobre todo por la tibia, tardía, insuficiente e inadecuada reacción de quienes primero deberían haber impedido que ocurriera lo que ocurrió, después deberían haberle puesto freno cuanto tuvieron noticias de la rapiña, y finalmente deberían haber asumido responsabilidades políticas por todo ello. Aunque se resistieron, la mayoría acabaron arrollados y están en la cárcel, los menos, o fuera de la política, los más. Rajoy es la excepción de dirigentes que entonces ocupaban puestos de responsabilidad y ahí siguen. Aunque Correa lo liberara ayer, queda a la espera de lo que pueda declarar Bárcenas, su gran amenaza. Porque la sombra de la sospecha lo acompaña y nunca va a desaparecer. Y ese fantasma es una espada de Damocles para el PP que constituye uno de los mayores obstáculos para la formación de Gobierno. Porque las urnas no lo blanquean todo.

Asco