Con una gran algarada, decenas de personas protestaron a las puertas del ayuntamiento de Langreo el día en el que el pleno aprobó retirar del salón municipal una imagen de la Virgen del Carbayu para trasladarla (¡qué herejía!) a una iglesia. Entre los católicos eventualmente protestantes por la circunstancia se repetía que era un absurdo que los ediles del concejo se dedicaran a debatir y resolver sobre este asunto habiendo otros, decían, mucho más importantes. Que era una pérdida de tiempo, al fin y al cabo. Es una maravillosa paradoja que se esgrima este argumento por parte de gente que no suele manifestarse por asuntos cruciales que nos han trastornado tanto en los últimos años, qué sé yo minucias como un paro juvenil que supera el 50% o el aumento de la pobreza infantil, pero que logró reunir fuerzas y pancartas para movilizarse porque una talla religiosa presidiera las resoluciones del concejo. Lo importante.
Para darle una vuelta de tuerca más a lo esperpéntico de esta historia, el PP (el único grupo que ha defendido que la virgen permaneciera en el ayuntamiento frente al voto de PSOE, IU, Somos y Ciudadanos) incluyó en los ruegos y preguntas del último pleno que se reconociera la talla como patrimonio histórico-artístico del concejo porque, insisten, su grupo no la defiende por su carácter religioso. Cuidado que la Virgen del Carbayu no es un símbolo religioso, sino un patrimonio ancestral o algo así si aceptamos como ancestral 1955. Seguramente los devotos de la virgen en la cuenca minera tampoco le rezan por su supuestas cualidades divinas sino por su conocido poder histórico-artístico. Hay que decir que también en Oviedo, este año, hubo gran escándalo de feligreses por el supuesto furor laicista del gobierno municipal que pidió que no acudieran a las procesiones los policías y bomberos vistiendo el uniforme (que por lo visto es lo más importante para los creyentes) y para defender la antiquísima tradición de la Madrugá de Oviedo («madrugá», que expresión tan asturiana) que se remonta al año 2007. La noche de los tiempos. Hasta Aquasella es más tradicional.
Tenemos así a gente que se manifiesta porque se está discutiendo un asunto que no es importante, y que desde luego tampoco tiene nada ver con la religión sino con las artes, en defensa de la tradición de hace una década pero hay que tomárselos muy en serio. Hace apenas una semana, el arzobispo de Oviedo (ejemplo de tesis de teodicea del nivel «si dios no existe que baje dios y lo vea») celebró muy legítimamente en la Catedral la beatificación de los «mártires de Nembra»; cuatro miembros de la Adoración Nocturna en Aller que fueron detenidos, torturados y asesinados vilmente durante la Guerra Civil. ¿Qué podría parecernos mal de que la Iglesia Católica recuerde y rinda homenaje a personas que murieron por su fe. Nada de nada, ni una objeción. Pero el mitrado Sanz Montes no se contentó con sus bendiciones y aprovechó la ocasión para cargar con toda la dureza posible contra la ley de la Memoria Histórica que «reabre heridas» a fuerza de «rodar películas» y «escribir panfletos». Todo sobre la labor de cientos, miles de personas, que sólo buscan saber dónde están sus padres o sus abuelos, a menudos tirados de mala manera en una cuneta perdida, para poder darles un entierro digno. ¡Qué ejemplo de compasión, de ponerse en el lugar del prójimo! Lo fascinante de este episodio inédito de doble moral es cómo el arzobispo es incapaz ver la contradicción de sus palabras con el mismo acto que celebraba, su cerrazón en señalar que hay muertos que se lo tienen más que merecido, no sólo su asesinato sino que reposen para siempre en el olvido y el oprobio.
Llegamos al fin a este medio mes de octubre con la noticia de que el ministro del Interior en funciones, un hombre que asegura que el ángel de la guarda Marcelo le ayuda a buscar el mejor lugar para aparcar, que condecora a vírgenes por méritos policiales y que presuntamente realizó informes de encargo contra partidos independentistas plenamente legales, le ha entregado la formación académica de los inspectores de la Policía a la Universidad Católica de Ávila en detrimento de la pública de Salamanca que nunca presta lo que no da la naturaleza. ¿Enseñarán a nuestros cargos policiales que las parejas homosexuales son enfermos que pueden curarse con descargas eléctricas, que las mujeres que abortan son unas perdidas pecaminosas? ¿tendremos una policía para todos los españoles sea cual sea su confesión religiosa como reza la Constitución o sólo para los que recen?
Porque al final, esta es la cuestión. Que los ayuntamientos son para todos los ciudadanos, no sólo para los católicos, los cuerpos de seguridad del Estado deben velar por todos, no sólo por los católicos, y, asómbrense los católicos, incluso los ateos merecen tener honras funerales. España no es suya, es de todos los españoles. Luego que si los radicales son los otros.
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