Sí, nos representan


Se está poniendo de moda que los políticos elegidos democráticamente no quieran decidir nada sin consultárselo previamente a las bases, es decir, a quienes los eligieron. Lo cual nos lleva a preguntarnos para qué los hemos elegido si luego tenemos que decirles lo que tienen que decidir. La cosa parece de chiste, pero no lo es, porque esto es justo lo que está ocurriendo entre nosotros en este agónico final de legislatura.

El caso emblemático hoy es el del PSOE y su militancia, pero podría serlo el de cualquier otro partido. Es como si a los elegidos, súbitamente desconcertados, les diese por escurrir el bulto, temerosos de perder su cargo o su representación. Para evitarlo, está la solución mágica: la consulta a las bases, al pueblo, a los militantes o a lo que sea.

La democracia no consiste en ese juego de ping-pong sin sentido. Por el contrario, es un sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho de ese mismo pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes. Pero, una vez elegidos, los gobernantes deben de gobernar y no dedicar su tiempo a consultarlo todo a las bases o a las alturas. Porque cuando hacen esto es que no están funcionando como poder.

Una diarrea de democracia de esta condición podría dejarnos exhaustos y sin fuerzas para que nadie controle a nadie. Porque el gobernante debe gobernar, prever y no crear problemas con cuya solución mantener a la población en vilo. Y no olvidar, como dijo el sabio Lao Tse, que «gobierna mejor quien menos gobierna» y no el que se dedica a alborotar continuamente el gallinero. La afirmación básica, como dijo Abraham Lincoln, es que «ningún hombre es demasiado bueno para gobernar a otro sin su consentimiento». Pero una vez que tiene ese consentimiento, debe asumir la tarea y la responsabilidad de decidir. Las bases ya lo han hecho y han cumplido cuando votaron.

Traigo a colación todo esto para visibilizar entre nosotros el absurdo de tanta consulta a las bases como proponen -y llevan a cabo- algunas de nuestras fuerzas políticas. Porque su único objetivo visible es enredar la madeja, torcer la voluntad popular conforme a sus intereses y llevar el agua a su molino. Democráticamente, claro.

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